Dña. Fily

Dña Fily-page-001EL ÚLTIMO ESLAVÓN

Dña. Fily in Memoriam

“ Salgo con destino desconocido, pero el tren desde el que os escribo se dirige al este (Auschwitz) es posible que vayamos bastante lejos “.

Hanna Leví dic. 1941 estación Gare du Nord – Paris

LA CUESTA DE ENERO

El peor dolor, es no poder compartir el dolor.

Es invierno en Europa.

Cae una lluvia menuda e intensa en el puerto de Gotemburgo.

No me gusta la lluvia de Gotemburgo; pero hoy, semana cinco en el calendario gris del invierno escandinavo, siento esta lluvia como si Gotemburgo estuviera llorando, y ese llanto me acompaña en mi dolor.

El día 29 de Diciembre del 2016, la semana 52, hablé con mi madre por teléfono por última vez.

Intenté comunicarme de nuevo el 3 de Enero, y no respondió el teléfono, lo que supuso que ya no había nadie en casa de mi madre.

Por fín logré comunicarme con mi hermano Tito y me avisó que la madre había sido internada de emergencia en una clínica en estado de coma reversible la semana 2 del 2017.

Conversé con él otras tres veces y hablamos de cosas del pasado.

Me dijo que estaba bien, que todo estaba bajo control. Le conté que en las noches sentía la presencia de la madre y que me daba miedo.

Me aconsejó que no tenga miedo :

-Es el alma de la mamá que se está despidiendo.

-Yo también siento que me golpea la pared del dormitorio, como cuando ella estaba aquí.

Dijo.

Volvió a asegurarme que todo estaba bajo control y que no debía preocuparme.

-En sus momentos de lucidez, le aviso que estás llamando y que tus hijos están pendientes de ella desde Europa – me dijo.

-Y responde ? – le pregunté.

-Que ya pueden hacer . . . . que ya pueden hacer ! -. Es lo que ella decía.

En todo caso, presentí que mi hermano llevaba la tragedia con dificultades emocionales al máximo y tenía un tremendo estrés.

Hecho que me confirmó su esposa en las pocas palabras que pude hablar con ella.

Entonces, tuve la certeza de que mi hermano tambien estaba con las justas y, más aún cuando me dijo :

“ Si algo me pasa, no te olvides que dejo una hija de 12 años “.

Eso fue el día 27 de Enero del 2017.

Ese fin de semana ya no llamé.

El lunes 30 de Enero del 2017, llegó la noticia fatal a través de un sms que enviaron desde EEUU a mi hijo a Londres.

El día 30 de Enero, falleció mi madre a la edad de 91 años y, el día anterior, falleció mi hermano Tito de 55 años a causa de un paro cardiaco. No pudo aguantar la presión y el sufrimiento del calvario de mamá.

Esta lluvia de Gotemburgo, es como si Gotemburgo estuviera llorando, y ese llanto me acompaña en mi dolor en este calendario gris del invierno europeo.

Volviendo a Diciembre del 2016.

El día 29, como anoté arriba, llamé a mi madre a las once de la noche hora europea, 6 de la tarde en ese país de pesadumbre.

Me respondió la enfermera, y cuando me identifiqué, me dijo :

-En este momento su mamá está con respiración asistida, haré lo posible para que le hable.

Parece que mi madre esperaba mi llamada como uno de los últimos viáticos antes de su partida.

Oí su voz cansada, dolorida, tierna, pero siempre con el timbre resolutivo de sus mejores tiempos.

A mi saludo : -Soy Ricardo mamá, acabo de llegar de Portugal y no pude llamarle antes.

Me respondió :

-Bien que has llamado Ricardito, estaba esperando tu llamada porque ya no me queda tiempo.

Me felicitó por la pasada Navidad, el día de mi cumpleaños, y continuó con una invocación del pasado que me pareció el preludio de su despedida.

En el primer momento quedé confundido. Pensando luego en la densidad del silencio de mi misantropía y lo que sucedió después, llegué a la conclusión de que mi madre en su hora de bajar al sepulcro, lo tenía todo muy claro.

Estaba amarrando sus últimos arreos para su viaje al más allá, estaba ajustando las últimas cuentas terrenales, y una de esas cuentas, fue despedirse de su hijo díscolo.

De ese que no cumplió sus designios de madre, ese que se salió de su agenda y tomó el camino de la agitación política estudiantil, la cárcel y el exilio.

No contaré exactamente el diálogo que tuvimos; porque eso le pertenece solo a ella, al recuerdo de su memoria y al valor de una madre heroica que luchó por la libertad de su hijo rebelde.

Más debo decir que en esa postrera vez, nos sinceramos de verdad, cancelamos con el perdón los últimos peajes de toda una vida de malentendidos.

Le conté de sus nietos, de la preocupación de ellos por su “ abuelita “, y de que en ellos, ella se reencarnaría porque llevaban sus mismos genes, su sangre y sus huesos.

Me pareció que ambos -madre e hijo- encontramos al fin la serenidad, la paz y la concordia largamente buscada y obstruida por la distancia de 20.000 kilómetros de silencio, olvido, desencuentros, dictaduras e ingratitud de mi parte.

Me pidió que siempre rezara a la Virgen de Montserrat, la de Barcelona, La Moreneta.

Y al final me dijo :

-Hijo, te voy a dar mi bendición ! -.

Obedecí con la mansedumbre del hijo pródigo.

-Sí madre ! -dije, y oí como un susurro su voz temblorosa, frágil y suplicante que me impartía la bendición como hicieron los de su estirpe desde los tiempos de sus antepasados, y de los cuales ella era el último eslabón que terminaba en esa tierra de pesadumbre :

-En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.

-Requiem aeternam dona eís dómine.

-Amén, gracias madre ! -respondí, bebí un sorbo de agua, hice un esfuerzo para no llorar.

No pude imaginar que ya nunca más oiría su voz, ni siquiera en los recuerdos de mis duermevelas, donde mi conciencia me acusa de todos lo errores de mi vida pasada.

La lluvia, la nieve, el frío y el color gris de la amnesia se adueñan de este invierno escandinavo. Gotemburgo tierra de mi exilio, me vió sufrir la muerte de mi abuela, mi padre y mis dos hermanos menores.

Ahora, debo superar la muerte de la autora de mis días, la mujer que me trajo al mundo y no pude estar a su lado en su hora definitiva.

Porque cuento está triste historia en este blog del exilio ?.

Porque no la lloro y la recuerdo en mi soledad, en la intimidad de mi dolor de hijo ingrato ?.

Porque no oculto mi luto, mi duelo, en mi silencio encerrado en mi cubil de lobo estepario ?.

Porque me estoy consumiendo con este cargo de conciencia por no haber estado a su lado ?.

Porque no tengo el valor de enfrentarme solo al vacio inconcebible de su ausencia ?.

Mi madre, fue como todas las madres del mundo; buena, bondadosa, magnánima, abnegada.

Guardo en la memoria de mi infancia, en el rincón de los recuerdos, los comentarios de quienes la conocieron en su juventud, y la recordaban como una mujer inquieta, independiente, alegre, estudiosa; tenía una letra preciosista grande y bonita, trabajadora.

Buena jugadora de basket ball en los equipos de señoritas de aquel entonces.

Ella jugó en los teams del The Stronger y el Alway Ready, clubes en la empresa minera de sus mayores, siempre ligada a la era de estaño.

Yo la recuerdo en la distancia del tiempo de mi memoria más íntima, como una mujer linda, muy linda, guapisima, siempre bien acicalada, que despertó en mi lejana infancia un fuerte complejo de Edipo que no pude superar nunca.

Tenía celos hasta de mi propio padre. No me gustaba que él se acercara a mi madre, porque ella, mi madre, era solo mía.

Hasta que me alejaron de su regazo, llevándome al lado de mi abuela Carmen, que se convirtió en mi madre por partida doble.

Así como un síndrome; “ El Edipo “ me siguió por toda mi vida, siempre busqué en la mujer que me encontraba, la presencia de mi madre.

El Tito me dice en la última conversación que tenemos el 27 de Enero al filo de la medianoche, hora europea, y que también son sus últimas palabras, porque a partir de ese momento, mi hermano le precederá en la muerte, en el camino al más allá, tal pareciera que mi madre se lo lleva para que le acompañe en el sueño eterno. El moría en la mañana del dia domingo 29 de Enero :

-La mamá está muy delicada, frágil, apenas come unas cucharadas de papilla, en los momentos de lucidez, que son pocos, me pide que la lleve a casa, no le gusta estar en la clínica -.

Yo la imagino como una muñequita deshecha, una criatura rota, una jibarita hermosa.

Me cuesta ubicarla en mi imaginario, como aquella mujer fuerte, decidida, bragada, esa mujer que peleó por mi libertad, que peleó para que no me hagan desaparecer o me peguen un tiro en la nuca.

Esa mujer que peleó hasta salirse con la suya y verme partir al exilio pero libre.

Es ahí donde marco la diferencia con otras madres.

Donde encuentro su huella en mi historia, donde encuentro su saga familiar de luchadora.

Donde empieza su calvario por mi culpa.

La noticia fatal, como dije anteriormente, la recibió mi hijo primogénito a su llegada a Londres procedente de Singapur.

Fue un golpe muy duro. Èl és el primer nieto de mi madre.

Me llamó en el acto y ambos nos consolamos en un dolor infinito, eran dos muertes, la una anunciada, la de mi madre y, la otra inesperada, la de mi hermano.

Las malas noticias tienen que ser en los momentos más crudos del tiempo, en esas coloraciones a estaño sucio, a lava volcánica, a capa freática, a invierno nórdico.

Me viene a la mente los relatos de Primo Leví y Patrick Modiano en los páramos de la Europa más oscura, más gótica de la ocupación nazi.

Hoy lunes 30 de Enero del 2017, este Gotemburgo está igual de gris y de triste, su lluvia y su niebla tocan a muerto como en los tiempos de su quema de brujas.

Es la mierda de mi exilio. Odio mi exilio. Odio está ciudad de exilio.

Salgo a caminar porque no puedo aguantar el silencio en la soledad de mi vivienda.

Voy a la biblioteca central también vacía por ser lunes, el lunes negro de mi vagancia por la vida que es a lo que e llegado.

Bajo por Berzeliigatan y me paro en la esquina de Södra Vägen, todo está en silencio, solo algún alma en pena, la mía, el frío es húmedo y penetrante, la neblina intensa viene del Götakanal, en el cruce de las calles todo se vuelve tétrico con los semáforos y los escaparates a media luz, sin vida y sin aliento como un toque de queda.

Camino hacia la plaza Korsvägen a tomar el tranvía y todo me parece un gran camposanto con algunas ánimas por lloronas. He quedado con un black out, aparece otra vez el perro negro de mi depresión soplando su aliento en mi cogote y me persigue como en los antiguos tiempos.

Pero quizá no es así, quizá solo es un lunes en la noche, un lunes de invierno portuario.

Quizá es solo mi espíritu triste y solitario, mi alma compungido de dolor, huérfano en la apatridia, el que me hace sentir un paria en tierra extranjera este lunes 30 de Enero.

Quizá solo es un panorama que yo solo veo, un cenizo gris que ven mis ojos de afuera, que reflejan el drama que guardo ojos adentro, la procesión endógena que me amarga.

Ahora creo que tengo la certeza de que a partir de hoy, solo negociaré con mi pasado y mi presente.

Mi futuro, simplemente ya no existe, se fue con mi madre al sepulcro, así como toda mi familia fallecida en esas tierras de pesadumbre.

Ahora ya no tengo a nadie al otro lado del charco.

Ahora, los días que me quedan de vida, bien lo sé, viviré para odiar a esa maldita tierra de pesadumbres.

Si antes no sabía hacia dónde iva. Ahora no sé de dónde vengo.

Increíble; pero ahora sé que ese país de mierda nunca fue mío, me hizo firmar mi derrota antes de permitirme dar la última batalla.

Se llevó a toda mi familia sin darme la oportunidad de darles el adiós de despedida.

Ahora que el tiempo ha pasado y que ya nunca más sentiré la presencia protectora de mi madre; recuerdo lugares, circunstancias, momentos alegres y tristes con la autora de mis días.

Ahora que se amontonan las vivencias de mi memoria, sé que yo tambien tuve una infancia, y en esa infancia fuí su primer hijo y creo que fuí feliz.

Sé que mis ojos no siempre estuvieron surcados de estrías, mi rostro no estuvo ajado por el tiempo, ni cuerpo no estuvo castigado por la vida; ni por los rigores de la represión en las dictaduras de los prepotentes.

Sé que en mi lejana infancia había tenido unas manos blandas y bondadosas que me acariciaban para tomar el sueño, un cálido y generoso seno que me dió la leche materna y, un patio enorme con su enfarolado con el sol que entraba cada mañana dócil y templado al regazo de mi hogar junto con la dulzura de la mirada de mi madre.

Esos ojos grandes y luminosos puestos en mí; en mis travesuras de niño rebelde, terco, soberbio y regalón al mismo tiempo.

Mirada de amor y de presagios, como si presintiera mi futura vida de fatigas, y aventuras, y descalabros, y desgracias, y contratiempos que habrían de perseguirme con el correr de los años.

Esos años de un tiempo de violencia que me llevarían hasta los mismos límites del abismo, donde la autora de mis días daría su talla de madre y mujer en toda la regla.

Ví el coraje de mi madre cuando tenía diez años y el régimen de aquél entonces llamado; revolución nacional, despojó a todos los que tenían algo que despojar, con el argumento de que había que nacionalizar lo ajeno.

El solo hecho de llevar un apellido de los que llamaban “ Los Barones del Estaño” era motivo para sufrir persecución y venganza.

La misma turba indígena se adueñó de los predios de la estancia Sivingani y los mineros quisieron expropiar las pertenencias de la familia de mi padre, para ello le persiguieron y con la colaboración de un juez amañado le metieron a la cárcel.

No conformes con eso, trajeron del oriente a dos sicarios para amedrentar a toda la familia y a la población civil.

Recuerdo que un día de otoño frío y triste, esos sicarios se metieron en nuestra casa a la fuerza a intimidar a mi madre que estaba en compañía de la mujer del servicio y yo.

La autora de mis días, no se atemorizó y salió del enfarolado empuñando con decisión el viejo Mauser del abuelo José Vale y puso en fuga a los sicarios del régimen.

Ahora, al rendir este homenaje escrito a su memoria, hago esfuerzos para reactivar mi gimnasia mental y recordar todo su calvario por mi causa; por mis andadas de perseguido político de las dictaduras.

Ese calvario empezó cuando me vió en la televisión en una columna de improvisados milicianos rumbo al combate contra los militares golpistas en agosto del 71 en el cerro Laica Cota.

Después de la derrota y al no dar yo señales de vida, inició su peregrinar por hospitales, centros de detención y morgues, buscándome.

Tuvo un alivio cuando me vió partir a los predios de mi padre.

Pero al poco tiempo sufrió otra vez lo indecible porque la dictadura me detuvo.

Mi madre llevó un calvario de casi dos años luchando por mi libertad, alegando en los ministerios y las instancias que fueran necesarias.

No dejó de enviarme encomiendas en todos los vuelos de pertrecho al campo de concentración en la selva del Alto Madidi.

Gracias a sus desvelos, fuí el único que tuvo: ropa de monte, mosquitero, medicinas, vitaminas, sopas sintéticas para mejorar mi dieta, repelentes y comida en conserva.

Cuando me evacuaron a la carceleta de Viacha. fué a verme y quedó asombrada de mi aspecto :

-Que te han hecho ! -me dijo-, estás viejo, estás consumido ! -.

Movilizó a su familia que todavía tenía influencias de su pasado de gente pudiente de la minería en la era del estaño.

Ellos me enviaban el almuerzo a la prisión. Logró que el Dr. Mercado, su antiguo compañero de estudios, y en ese momento jefe del nosocomio de Viacha, me hiciera un examen general de mi salud para enviarlo al Ministerio del Interior.

Grande fue su dolor cuando se enteró que la dictadura volvió a confinarme, esta vez en la isla de Coati.

Se encaró con el jefe de inteligencia de aquel entonces, el cnl. Loayza, un ex- combatiente de la guerra del Chaco. Ella le dijo que provenía de una familia que también combatió en el Chaco, Las hermanas Aramayo; Miembros de la Liga Patriótica de Mujeres para la Guerra. Este militar había sido herido en el frente de Picuiba y curado con solicitud en la retaguardia de Villamontes por la Liga Patriótica. En cierta medida estaba en deuda con mi familia materna. Por lo que mi madre logró mí evacuación nuevamente a la carceleta de Viacha.

Cuando la dictadura me internó en el Penal de Alta Seguridad de Chonchocoro, mi madre, esa mujer santa, hacía todos los fines de semana la peregrinación por el páramo andino acompañada de mi hermano Tito, llevando comida fresca y las historias de sus trámites por mi libertad.

Ahí !, me mostró una vez más su calidad humana y su grandeza de espíritu.

Cuando le comenté que un camarada del Beni no podía salir a la explanada de las visitas porque no tenía a su familia en esa sede de gobierno.

Ella dijo :

-Yo no tengo nada que ver con tus ideas, pero soy cristiana. Llama a tu camarada que salga a comer -.

Y fue personalmente y solicitó al jefe de los “tiras” el permiso para mi camarada aduciendo que era su invitado.

No paró los trámites por los ministerios; de Caifás a Pilatos, abogando por mi libertad, hasta la entrevista definitiva con el cnl. Loayza, con quien pactó mi salida al exilio, ya que mi libertad era imposible; me consideraban un agitador peligroso.

Con el dolor de su alma, preparó el equipaje para mi partida a la tierra árida del exilio.

Quizás intuía que de esa partida volvería solo por momentos determinados y llevando a sus dos nietos nacidos en el exilio, como única alegría que pude darle.

Compró una valija pequeña de esas de fuelle, ella sabía que mi equipaje tenía que ser leve. Coció en el fondo de la maleta con mucha discreción, mi Credencial de dirigente estudiantil y un escapulario con la Virgen del Carmen, tocaya de mi abuela, escondiendo en los pliegues sagrados el dinero para sobrevivir en tierras lejanas.

Sabía que yo no podía llevar cheques porque me expulsaron munido de un papel de migraciones llamado : “ Salvoconducto válido por 48 horas “.

El dolor de mi partida tuvo que ser un sufrimiento intenso para la autora de mis días, más, ese fue el único camino viable para salir de las mazmorras de la dictadura y para que ella pudiera tener al fin un descanso.

Nuestro vínculo se adelgasaría con la distancia, el cordón umbilical que nos unía se rompería y yo, por primera vez en mi vida sentiría la orfandad en tierras de nadie, en la apatridia de los héroes de la resistencia.

La labor de mi madre por mi libertad y su colaboración solidaria con otras mujeres de represaliados como una de sus voceras, le pondrían en un sitial relevante, hecho del cual yo me enteraría en las tertulias políticas posteriores en las riberas del Mapocho.

Su personalidad, su don de la palabra, su autosuficiencia de conocimientos, su talento para el alegato y su coraje sin complejos, hizo que la nombraran en la directiva de la Comisión de Mujeres de los Represaliados por la dictadura.

Todas sus intervenciones y sus trámites junto a la Comisión, se constituyó en un testimonio de protesta que precedió a mi salida al exilio, y llegó antes que yo a tierras de acogida.

Los primeros que la nombraron fueron los fugados del Madidi; porque sabían de la intensidad de sus trámites por mi libertad.

Cuando les preguntaron : Por qué no salió el estudiante con Uds. ?.

Los palurdos dijeron :

-Su mamá estaba tramitando su libertad a través del Consejo del Menor, y es la que más reclama !.

De modo que su actividad solidaria, fue más grande e intensa que mis días en las cárceles y campos de concentración.

Ella ya era conocida en las tertulias del exilio como: La valiente mamá del estudiante; dña. Fily Aramayo.

Recuerdo como si fuera ayer, cuando nos juntabamos estudiantes y catedráticos en las confiterias bohemias de Plaza Italia en el Gran Santiago, al calor de las tertulias y añoranzas del pasado; escuchaba estos comentarios :

-Que suerte tienes estudiante, tu madre peleó por ti con una determinación única.

-Se salió con su capricho, Te sacó de la cárcel.

-Sácate una foto y enviale; que vea como te has repuesto.

-Ahora eres un lolo moderno.

Corta sería la alegría de ese verano, el veranito democrático del 73.

El otoño y el invierno estuvieron saturados de movilizaciones de los estudiantes porque se oían tambores de guerra.

El once de septiembre se produjo el golpe de estado militar.

Mi madre se enteró por los noticieros que se desató una feroz cacería contra los extranjeros.

Nuevamente su instinto de madre alerta en la emergencia y sus premoniciones sobre los avatares de su hijo perseguido, le quitó el sueño y los instantes de paz precarios que apenas sobrellevaba en la distancia.

Se movilizó otra vez, acudió a su familia y reunió un dinero que me envió a través de la Cruz Roja, fue una cantidad importante.

Su objetivo era que yo me comprara un pasaje a cualquier precio y a cualquier lugar para huir de esa cacería bárbara que desató la dictadura contra los foráneos.

El dinero en cuestión, no lo recogí nunca, no me dieron tiempo los acontecimientos. Las fuerzas de carabineros me detuvieron en mi residencia de estudiantes universitarios y me condujeron al estadium de fútbol a la tortura.

La remesa de mi madre, no la vería nunca más. Uno de los palurdos que apenas me conocía, dijo ante la Cruz Roja que era mi “ camarada “ y que haría llegar ese dinero a mis manos.

El sujeto se embolsillo esos dineros (algunos miles de dólares) hasta el día de hoy.

Mi valerosa madre, empezó otra vez su peregrinar a las oficinas del Consejo del Menor, a Naciones Unidas, al Consejo Mundial de Iglesias y otras instancias internacionales.

Tuvo un enfrentamiento verbal, que registró la prensa de la época, con el Ministro del Interior de la dictadura andina, el cnl. Walter Castro.

Este dijo que los perseguidos en el país del Mapocho tenían que morir, porque éramos el peligro comunista.

Empezaba la Operación Cóndor en el hemisferio sur del subcontinente.

Los tres meses de cautiverio en el campo de fútbol de Santiago sometido a duros interrogatorios, los pasó mi madre sumida en la más profunda tristeza, imaginando los tormentos a que era sometido su hijo.

La respuesta al cnl. Walter Castro, fue contundente; mientras las otras mujeres rompían a llorar implorando al Pilatos clemencia para sus hijos presos.

-Coronel -dijo mi madre -. A ese hijo que lo tienen preso allí, lo parí con amor. Lo lamentable es el daño irreversible que le hicieron a Ud. sus progenitores para que guarde tanto rencor en tan poca humanidad. Mi hijo a pesar suyo, vivirá !. Dios le juzgue.

Pasando por esos trágicos momentos, llegó la noticia: La dictadura dijo que no tenía presos políticos en el campo de fútbol. Los internados allí eran; prisioneros de guerra.

Mi madre santa en su desesperación, buscó asesoramiento consultando a los viejos abogados internacionalistas de los tiempos de la minería en la era del estaño, estos habían intervenido en litigios internacionales durante la guerra del Chaco.

Ellos le aconsejaron: Sra Aramayo, si su hijo es prisionero de guerra, está en consecuencia protegido por los Tratados de la Convención de Ginebra.

Hay que redactar un memorial y enviarlo a Ginebra explicando su caso.

Es muy posible que ese trámite jurídico haya tenido efectos positivos.

A los dos meses de mi detención, fui entrevistado en el campo de fútbol y luego evacuado a Europa con la mediación del Comité Internacional para Migraciones Europeas -CIME-.

Se me dotó de un pasaporte de extranjero de la Convención de Ginebra -Resadocument- llamado: Pasaporte de Apátrida, que se extendía a los perseguidos en la segunda guerra mundial. Y recibí refugio político en un país escandinavo.

Èse documento es el único que considero genuino a mi condición de perseguido por mis ideas hasta el día de hoy.

Lo primero que hice al salir por el aeropuerto de Pudahuel en Santiago, fue enviar un telegrama a mi madre que decía :

-Madre, salgo rumbo a Europa, aún no sé a qué país. Voy a la libertad. Recuerdos Ricardo.

Esa era la señal que esperaban mi abuela Carmen, mi padre, mis hermanos; pero más que nadie la autora de mis días, la que batalló por mi vida, en cierto modo la arquitecta de mi libertad; mi madre.

La Cruz Roja me entregó la valija de fuelle que compró mi madre para mi primer exilio. Aun la conservo como una reliquia sagrada del pasado.

El policía de aduanas revisó mi maleta y encontró en el doble fondo mi Credencial de dirigente estudiantil , el hombre lo hojeo y dijo con muy mala leche:

-Ud. no es tan angelito po. Vino ha hacer la revolución.

Yo le dije que era un estudiante que estudiaba sociología en la universidad, nada más.

El personero del CIME se dió cuenta e inmediatamente intervino :

-El Sr. está amparado por la Convención de Ginebra, y ya va saliendo del país- dijo taxativo -.

El policía de muy mala cara devolvió la Credencial a su sitio y me dijo entredientes :

-En otra no vengai a hacer tu revolución aquí, cachai -.

Más adelante, miré otra vez el fondo de mi valija y encontré el escapulario de la Virgen del Carmen intacto con el dinero dentro. Benditas sean mi abuelita y mi madre. Pensé agradecido.

Ese dinero me sirvió para tramitar mis estudios. La Credencial me sirvió para recibir solidaridad en los comedores universitarios de media Europa.

A fines de noviembre del 73 arrivé a la tierra del exilio. Al castigo del exilio.

Era tierra fría, tierra de fiordos, con días que eran noches tristes, oscuras, desapacibles.

Con claroscuros helados salidos de un horizonte desolado y gélido, como si hubieran huido de la órbita del sol.

Esos horizontes góticos me sumergieron en la mayor de mis depresiones, hasta el día de hoy.

-Bueno, al menos estoy vivo ! -. Fue mi triste consuelo.

Qué lejos estaba de imaginar que en esa tierra de fiordos conocería los inviernos más duros de mi vida.

Luego todo sería distancia y recuerdos en la relación con mi madre a través de la imprecisión de la correspondencia y los textos estáticos escritos sobre el papel.

Ahora, como no quisiera que el tiempo retroceda. Que la vida me diera una otra oportunidad con su indefinición de poder rebobinar el tiempo pasado para la reparación de mis errores.

Vano intento de querer rehacer la historia.

Solo me quedan los recuerdos dispersos, inacabables, únicos, imperecederos y aislados de los otros recuerdos; los más disipados y mundanos de mi vida bohemia.

Para ella, para mi madre fallecida, son mis recuerdos íntimos y cerrados como en una ermita, rodeados de una dispersión inacabable y sólida, como gavetas secretas de un bargueño del tiempo hecho de maderas preciosas de sándalo y lágrimas de delicado ámbar, guardados en el rincón más íntimo de mi corazón.

-Debería -Yo me acuso -. Haber invitado a mi madre a visitar Europa. Pero no está Europa nórdica, fría, luterana, gótica e impenetrable.

Debería traer a mi madrecita a la Europa católica, la Europa del sur, la Europa del Mediterráneo, la del renacimiento y la ilustración.

La Europa Latina.

Cuando le conté sobre la Virgen de Montserrat en Barcelona -La Virgen Morena-. Ella, inmediatamente se hizo devota de la Moreneta de Montserrat.

Y en sus últimas palabras me pidió que siempre la rezara, y siento que la eligió como el Àngel de mi Guarda.

Es todo lo que puedo decir de mi madre. Más ya no puede mi limitado talento.

Bien sé que las palabras no son suficientes para relatar mi dolor y mi mea culpa por no haber estado a su lado para cerrarle sus ojos.

Me consuela que a mi madre la veré hasta el final de mis días en los gestos, las sonrisas y los genes de mis dos hijos nacidos en el exilio.

Mientras, seguiré caminando en la apatridia de tierras de nadie.

Dña. Fily Aramayo – Florez Tito Zuazo Aramayo

Requiem Im Pax

Invierno Europeo de 2017

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s