OTOÑO

3296_001-page-001“ ALLONS ENFANTS DE LA PATRIE “  Vive La France

LAS CALLES PERDIDAS

SE LLAMABA CHARLI

“ Se llamaba Charli / la encontré una mañana y lloró de hambre / Charli. / Temblorosa y perdida casi vida / se sintió sola y herida “.

Eran los últimos días del verano, ese que no fue del todo caliente menos productivo. Los reflejos de su vida se ralentizaban cada vez más y no encontraba el atisbo de luz en la salida del túnel en que se convirtió su día a día.

Volvia el otoño en los vientos húmedos que soplaban del Douro, los árboles tétricos que se aprestaban a desnudarse impúdicamente de sus hojas aureas y, esa melancolía triste de estar transitando por las veredas grises del crepúsculo de la vida.

Entró el Marqués a ordenar una cena liviana en el restorant Bombay de Batalha.

Andaba perdido en sus meditaciones de última hora picoteando sin ganas el ínsípido pollo a la plancha y las patatas cocidas que le puso el camarero. Sintió que ya no tenía apetito, era solo el deber mal acostumbrado de tener que alimentarse para sobrevivir al nihilismo y el desencanto de sus días.

Decididamente la vida perdía su sentido y a veces se tornaba insoportable.

De pronto escuchó una melodía que provenía de un instrumento de viento. Despertó como de un sueño, alertó sus oidos de lince. No podía creer, eran los acordes de una flauta que derramaba sus arpegios en la noche otoñal.

Él conocía esa melodía, es más, conocía los dedos y los labios que ejecutaban la magia del instrumento de viento.

Se incorporó con un salto felino de gato viejo hacia los ventanales del restorant, no se

veía al musiquero, solo eran los acordes flamígeros del pentagrama de los vientos.

Siguiendo los impulsos de su cansado corazón, pidió la cuenta y la pagó a las volandas ante la sorpresa del camarero.

Salió disparado a otear las terrazas de Batalha que a esa hora de la noche estaban atestadas de turistas desnortados.

En su mente repiqueteaba el nombre tantas veces recordado : Charli . . . Charli !.

Buscó con ansiedad en la mirada por sobre los mesones donde merendaban los comensales, guiado por los acordes de la flauta como un párvulo trás el flautista de Hamelin.

La humedad de los sopores otoñales que castigaban la colina de Batalha, le penetraba por sobre la gabardina de verano, castigándole la piel, las articulaciones artríticas, los viejos huesos en proceso de descalcificación, por doler, le dolía el alma misma de viejo bohemio anacrónico pasado de moda.

Entonces, la vió por fin : Era Charli !.

Estaba concentrada, agazapada frente a una mesa con público soplando su música.

Tenía la misma apariencia desolada de gorrioncillo caquéctico, la fragilidad de un pardillo desamparado en la noche portoense, como antes, como siempre.

Exactamente como cuando la conoció por primera vez años atrás garbeando en los restoranes de avenida Das Aliados.

Y pensó : Se parece Charli. Se parece temerosa y perdida.

En esa noche otoñal de Batalha, hacia su tour de mesa en mesa, ofreciendo con su amabilidad de siempre las bondades de su arte de musiquera de la flauta.

Y andaba ataviada para la ocasión, esta vez, de gitanilla andaluza, con mantillas y brocados de imitación de Manila. Su cabello pelirrojo estaba recogido en un moño alto coronado con una ristra de flores artificiales, seguía siendo rojo macarela como la flama de los celajes invernales que doran las costas de Espinho por sobre las olas del Atlántico.

Su apariencia quebradiza como de perrillo faldero. Su sonrisa amplia y sincera de entrega sin condiciones, era su gran virtud y a la vez su gran problema.

Ella se daba a las primeras de cambio, y a veces sin garantias y, no siempre recibía la misma deferencia de los hombres; sino, todo lo contrario.

Ya lo dijimos : a veces la vida es muy putona.

FLOJO  DE  ESPOLONES

En esa fría y húmeda noche otoñal de Batalha, el Marqués tuvo la certeza de que por fin la vida le regalaba la última oportunidad para descifrar el enigma de : Las calles perdidas.

Ese enigma que le perseguía como su mala sombra a través de todos estos últimos años, importunando incluso sus sueños y su mundo onírico, donde se veía temeroso y desamparado buscando la salida de esos callejones empinados y mal empedrados como los caminos del infierno, rodeados de zaguanes lóbregos y condenados sin salidas, como bocaminas clausuradas. Esa fuente gótica y seca rodeada de gatos negros y gaviotas oscuras que más parecían cuervos graznando en la madrugada.

Eran callejones olvidados a su suerte y al olvido, donde él caminaba despavorido huyendo del minotauro de sus miedos y sus demonios.

Siempre subiendo y subiendo por una escarpada por donde pareciera que le guiaba el diablo.

De modo que, después de tantos años, era otra vez Charli quien le ayudaría a desvelar el enigma de las calles perdidas; porque fue su guía prodigiosa por esos vericuetos tristes en aquella lejana madrugada del invierno navideño casi ya olvidado.

Fue el cicerone mágico que le insistió con una porfía ardiente de amores contrariados a mostrarle los misterios de un lugar solo permitido a los noctámbulos de malevaje duro.

Como no podía interrumpir su “show”, su trabajo, y tampoco deseaba sentarse en alguna mesa, resolvió esperar pacientemente a que pase el tiempo caminando frente a los portales del teatro aledaño, haciendo la “imaginaria”.

La vigilia paciente, soportando los rigores marinos que chapoteaban en el viento que se arrastraba en la oscuridad azul, penetrando furtivo desde el estuario del Douro raspándole los huesos.

Hasta que Charli termine su labor y él brinque como un gato escaldado a abordarla y convencerla de su cometido con maneras convencionales y cariñosas, como ella gustaba ser seducida.

Que a esa altura de su vida ya andaba con las fuerzas justas y muy flojo de espolones.

De modo que, haciendo el paseillo de la imaginaria, con los efluvios de sus recuerdos, enmaridó una otra noche de fuerte bochorno veraniego.

GRACIAS A LA VIDA

Él estaba sentado en una terraza en Das Aliados, tomando un trago largo y viendo pasar la vida. Contemplando los tejados hastiados y mohosos, los muros decrépitos de lo que en épocas coloniales serían palacetes y el silencio oscuro cubriendo las ventanas desdentadas, de los que serían vitrales catedralicios.

Entonces, con el viento caliente que soplaba del trópico de cáncer a través del Atlántico, le llegó la melodía suave de una flauta.

Viró la mirada, y ahí estaba el musiquero vestido de Charlot.

Él pensó que era un hombre, y solo se dió cuenta cuando la figura se plantó frente a su mesa clavándole con su mirada de chica asustada, mirada de Charli.

Era una mujer con el atuendo “chaplinesco”. -Hola- dijo, y se quedó sosteniéndole la sonrisa.

-Ha ver que sabes hacer-. Dijo el Marqués.

-Puedo tocar mi flauta para tí-, respondió la figura.

-Puedes tocar el : Cóndor pasa ?. Dijo él.

-Hay no ! – se sobresaltó-. Eso no he practicado. -Pero te puedo tocar : Gracias a la vida-.

Y empezó con la melodía, tocaba con tanta pasión como que le salían las notas de las entrañas mismas y se perdía en una concentración donde solo vivía ella.

Él también se emocionó y llegado un momento ya no pudo más, díjole :

-Basta . . . basta !, me vas ha hacer llorar y no estoy para lloriqueos.

-Verdad que te gusta ?, replicó -. A mi también me apasiona. Me apasiona todo lo que compone Mercedes Sosa.

-Vale -repuso-. Siéntate, te voy a contar. Quieres beber algo, la casa invita je, je.

-Si obrigada- respondió -, me tomaré un penalti.

-Wow ! y eso que és ?.

-Él sabe- dijo “la Charlot” señalando al garzón que se acercaba y, ordenó.

Le trajeron un vaso largo con un líquido transparente que rezumaba sudor por los costados. Ante su mirada de sorpresa ella aclaró.

-Es un blanquinho muy bueno con una porción de aguardiente, eso, un penalti.

-Ajá !-. Suspiró el viejo -un penalti, la vida es un aprendizaje constante, joder !.

-Como te decía- continuó señorial-. La canción Gracias a la vida, la canta Mercedes Sosa, también Joan Baez; pero quién la escribió, me entiendes ?, quien la parió es nuestra Violeta Parra. Violeta es una magnífica folclorista del sur de Chile, además de cantante y compositora es muy creadora haciendo artesanía campesina de la región de Temuco. Ella misma es de origen campesino, y su canción Gracias a la vida, es en realidad un lamento que ella se acompaña solo con el rasguido del charango.

-Las otras cantantes- continuó-. Sosa, Baez y otros, la han estilizado, sobre adornado, maquillado. En realidad, creo que la han desnaturalizado con aditamentos de instrumentos de viento, percusión, cuerdas y escenarios pomposos con juegos de luces y toda esa parafernalia comercial.

-Violeta, compone y canta para el pueblo llano, para la resistencia, canta por la libertad y contra la opresión porque es parte de esa realidad. Tuvo una vida muy dura en el amor y en el arte, y a pesar de todo : Agradece a la vida. Qué te parece.

-Sigue componiendo ?- preguntó la “Charlot” admirada-. Donde vive ?.

Violeta, ya no está entre los vivos. Murió !.

Tuvo una crisis emocional y se pegó un tiro, se suicidó.

Por eso Violeta, hoy, vive en el imaginario, en el corazón y la mente de los latinoamericanos.

Es mito y leyenda; es protesta, es insurgencia.

Es el agradecimiento a la vida, esa que dejó al morir.

Calló el Marqués y se produjo un vacío entre los dos.

Charli se sacudió emocionada como volviendo del pasado.

-Increible !- dijo-, tenemos que hablar más de esto.

-Porque no nos vemos mañana -propuso- quiero mostrarte la artesanía que yo fabrico.

Quedaron en verse al día siguiente en Santa Catarina y Formosa a las doce, ella partió con rumbo desconocido taconeando sus zapatos blancos a lo Charlie Chaplin.

-Coño ! – dijo al verla partir-. No le pregunté su nombre, tiene que llamarse Charli, tiene perfil de Charli.

BATALHA

El ralente frio con olor a sales marinas que trepa la colina de Batalha desde los barcos ravelos del atracadero de Ribeiro, le humedece el cuerpo y le complica la imaginaria. La vigilia se le torna agotadora por la molestia en sus artrósis.

Es una noche humectante de otoño, graznan las gaviotas sobre Batalha reflejando en sus pechos blancos las luces de los reflectores, traquetean los taxis trajinando turistas, ladra un perro, se aparean los gatos en alguna callejuela aledaña, los bares están en plena marcha.

Mientras Charli actúa, hace su show : muestra su habilidad con la flauta y saca sus avalorios de artesanía para venderlos, lo hace con gracia y talento.

Definitivamente, esta chica se gana la vida divirtiéndose divinamente con sus habilidades artísticas (pensó), no anda por la vida como sonámbula.

Batalha, ya no es aquel páramo gris y triste de hace años atrás, cuando lo conoció de la mano de Charli en el Natal de su desbravada bohemia.

En aquél entonces le produjo temor ese lugar de aceras desconchadas, rincones lóbregos, bolsos de basura tirados a la bartola, grupos de mendigos, de borrachines y otros con trazas de tener el mono de abstinencia de la droga.

Había apenas un par de hoteles cerrados y otro tanto de bares de mala muerte para parroquianos trasnochados.

También se enteró que aquel sitio fue en tiempos de insurgencia una colina de combate, donde se daba se cita el pueblo llano para dirimir sus contradicciones con el poder del estado.

Era una trinchera de lucha reivindicativa del pueblo de Oporto.

Hoy, Batalha, es un lugar remozado y alegre, hay terrazas nuevas en su entorno, hoteles de cuatro estrellas, su fuente es límpida y fluida, unida al trasiego de turistas del opulento hemisferio nórdico.

Que lejos de aquellos otros turistas “los chinesos”, que se alojaban en los hotelitos de Das Aliados y, acudían temerosos a Batalha buscando la merienda de la tarde.

TUA SEMPRE

Al día siguiente como acordaron, el Marqués estuvo antes de la hora en el lugar convenido en la víspera en Das Aliados, tenía curiosidad por esa chica que vestía de Charlot.

A esa hora del mediodía Santa Catarina era un lugar lleno de gentes, y él trataba de ubicarla entre la multitud mirando con atención, porque suponía que ya no llevaba el atuendo del día anterior, o quizás simplemente no iría, dijo eso de verse solo para salir del paso.

Pero no !, en algún instante determinado la vió !, estaba en la esquina de Formosa y, vestía como una chica normal y oteaba al gentío con cansancio en la mirada.

Él agitó las manos para llamar su atención, pensó decir su nombre, pero no lo sabía, entonces se le ocurrió llamarle con el apelativo de : Charli !.

-Charli . . .  Charli – mientras agitaba los brazos, algunos turistas quizás pensaron que era algún chalado a esa hora de la bullanga veraniega.

Hasta que ella puso su mirada celeste en el individuo que la llamaba con ese nombre.

Se le encendió una sonrisa y fue presurosa a su encuentro, se abrazaron como si fueran dos amigos de toda la vida, ella le plantó dos besos en los cachetes.

-Perdona que te haya llamado Charli- se disculpó-, es que ayer no me dijiste tu nombre.

-No importa -le replicó-. Si me llamaste Charli, está muy acertado, yo me llamo Charli para ti, y tu como te llamas ?.

-Dime Marqués- dijo.

-Es tu nombre ?, o es algún títulooo de hidalgo ? -, se avergonzó.

-Las dos cosas, o ninguna- replicó.

Rieron con una risa cómplice. Ella le tomó del brazo.

-Vamos-, sugirió y le condujo Formosa arriba.

Estaba lozana y bella en el mediodía balsámico del verano porteño, le miraba con sus ojos celestes como dos estanques de aguas profundas. Su cutis sin el maquillaje de la noche anterior era rubio de un resplandor nacarado, tenía la expresión retraída, cavilosa, como las Madonas de las pinturas florentinas de las mujeres del Mediterráneo.

En todo caso, a él le pareció que su belleza era una belleza mal administrada, se notaba una belleza con mucha bohemia y poco sueño.

Tenía el cuerpo delgado y bien conformado, los senos pequeños y erectos, el pompis redondo y levantado, calculó a vuelo de perito tasador de abisinias que rondaba los 25 años, si acaso alguno más. Estaba de buen ver a pesar de las amanecidas con que se delataba.

A su lado y tomado del brazo, él parecía un distinguido “contable inglés” en retiro  venido a menos, que se había vestido para hacerle cumplidos, serle galante, gastarle bromas y pedirle un beso.

-Eres turista ?, a qué te dedicas ? – preguntó.

-No, no soy turista – respondió -. Digamos que soy aprendiz de escritor je je, y me dedico a escribir.

-Me lo imaginaba después de oírte ayer -sonrió – por eso te invité.

Se detuvo, sacó sus llaves y propuso :

-Subimos a mi taller que es también mi domicilio ?.

-Si no tengo otra alternativa ? – le guiñó un ojo -. Que me queda !.

-No !, no la tienes ja ja – le jaló escaleras arriba.

Subieron por rellanos con macetas de flores colgadas de las paredes y pequeñas puertas adornadas en los descansillos.

-Sube con calma – le previno – vivo arriba en el último piso.

Llegaron jadeando a una especie de ático al aire libre, había una terrasilla coronada de flores con enredaderas que trepaban por los emparrados carcomidos de musguitos verdes, una jaula con dos gallinas y un gallo, otra con dos pares de conejos y una jardinera de plástico para sentarse al ralentí.

Era un ambiente relajador y de recogimiento.

Entonces ! le presentó a una dama cubierta toda por una túnica rosa con estampados indostanos, le colgaban del cuello avalorios de conchas marinas, tendría unos 70 años y la prestancia de una sacerdotisa de los templos de Tebas.

-Ella es : Nazareth -dijo ceremoniosa -. Es mi gobernanta y dueña de la casa.

La dama de la túnica le miró con detenimiento. Saludó con una letanía de portugués antiguo, ese que hablaban los navegantes que cruzaron los mares o los hábiles encuadernadores que hicieron las carabelas de Colón.

Le hizo preguntas que tuvo que traducir Charli; una vez satisfecha su curiosidad, le penetró con su mirada de algas marinas que le desnudaron el cuerpo y el alma, para saber si decía la verdad.

Luego, dió su aprobación y gorjeó algo así como : bienvenido. Comunicó que se iba al Bolhao por una hora, dándoles a entender que ese era el tiempo que les otorgaba para su entrevista, o lo que quisieran hacer en la atmósfera caliente del bochorno, en la intimidad del ático.

Él quedó con la certidumbre de haberse encontrado con una reencarnación de aquellas meigas mágicas antiguas de las rías gallegas de Cambados.

No bien partió Nazareth, ella le jaló a la penumbra de su pieza  con premura ardiente en la mirada.

Su cuarto era un pequeño atelier, donde destacaban : su atril con sus pentagramas de su flauta, su caballete de pintura, su mesilla de trabajos artesanales, un pequeño estante con libros y su cama con una colcha de corazones partidos para las faenas del amor.

Le mostró sus creaciones de artesanías : collares, esclavas y grabados con motivos del Oporto antiguo. Sus cuadros de marineras inspirados en las pleamares de las playas de Afurada y Spinho. Le hizo oír arpegios de flauta interpretando fados del  “O  povo profundo”.

Charli le mostró que era una artista de mucho cuidado, una creadora todoterreno, tenía la virtud de elevar todo lo que creaba de lo normal a la categoría de novedoso, interesante, a través de su técnica personal y genuina.

Pero, a veces, lo dejaba todo tirado a la bartola y, se perdía en el vendaval de la vida.

-A veces me aburro -díjole-, y me doy al malevaje hasta que no sé de mi alma ja ja.

Èl, no pudo evitar un pensamiento mundano : ( Es joven, algo virgen, bella, creadora con talento, debe cotizarse alto. Como no poder con ella dormir, soñar, correr olas, nadar, follar ? ).

Se sentaron sobre la colcha de corazones partidos. Ella le miró con sus ojos ingenuos color cielo que tenían un círculo íntimo azul marino alrededor de sus iris, parece que deseó mirar su alma oscura y retorcida de viejo puto.

Como queriendo decirle : Aquí me tienes atada a la cama por sus cuatro postes de pies y manos mirando el techo o, mejor tumbada de barriga besando la colcha, o en el banco de dar azotes, elige !.

Ambos sabían de la diferencia de sus edades; pero también sabían que se identificaban como dos almas gemelas, almas gemelas en la bohemia y ese sedimento residual de deseos contrariados que ennoblece al ser humano.

Solo tenían que dar el salto temerario de pasar a la acción; había que empezar besando la mejilla, mordiendo el cuello : Gemelo mío – le dice ella.

Èl siente el instante de su respiración agitada, está mojada, la echa de espaldas y levanta su falda hasta la cintura, hay que suponer el percance de desabrochar botones y volver a ser como fueron paridos.

Él no deja de ver con quien lo hace, ella no oculta la cara, está radiante.

El acto se consuma con la normalidad de los pareos de la vida.

Luego yacen y se agradecen entre murmullos y besos, buscarán la toalla, el agua caliente en el bidé : Con cuidado Charli, no vayas a derramar al “marquesinho” que fue inseminado en tus cavidades.

Ella ríe con una franqueza agradecida y le contesta :

-Te voy a dar un regalo como recuerdo de esta tarde para que lo lleves siempre.

Coge un libro de su duermevela y le alcanza.

-Toma, es para ti, es mi mejor libro.

Él coge el libro, lee : A Verdade da Mentira -Confidencial-. Tras la carátula está escrita una dedicatoria. Se emociona, sus ojos se humedecen, dice :

-Gracias, obrigadisimo, obrigadinho . . .  gemela mia !.

En el instante del beso de la despedida, ella le pide el libro y escribe lo último :

TUA SEMPRE

LA IMAGINARIA

Charli no acaba de terminar, vá de mesa en mesa, actuando, conversando, es buena argumentadora, además masca varios idiomas y le encanta enrollarse con la tertulia. Definitivamente, hace su show de temporada.

Mientras el viejo Marqués se mueve nervioso en el frío y la impaciencia. Sabe que tiene que esperar, sabe que otra oportunidad no la tendrá ya nunca más. Él es un cazador furtivo y sabe esperar.

Toda su vida pasada fue una cadena de esperas y encuentros, de citas y desencuentros con personajes míticos y con su historia.

Logró cosas interesantes y tristes, hizo girar a sus enemigos para mirarles de frente y vio que no daban la talla.

Hoy, recoge los aperos de su historia pasada, hace la imaginaria, camina sosegado delante del teatro de Batalha recordando sus vivencias con Charli, para poder al fin escribir el epílogo de : Las Calles Perdidas.

Para poder encontrarse al fin con su ánima perdida, con esa obsesión ancestral y secreta, con ese fuego que le hace buscar fronteras septentrionales en tierras de nadie, siempre al filo de lo imposible.

EL FANTASMA DE LA NAVIDAD

Fue cuando él escapaba de la navidad, del fantasma de la navidad, de cuando Oporto era una ciudad abrumada por la crisis, desconcertada y triste, descuidada y abandonada.

A las horas de la madrugada navideña, se despidió de las turistas chinesas en La Celeste, y bajaba rumbo a su hotel por esa callejuela de posadas para el polvo de emergencias, la calle del pito. Cuando viró la mirada rumbo al callejón oscuro y embarrado de gradas angostas, tristes y tétricas a esa hora del amanecer porteño, notó que alguien le hacía señas con los brazos entre las brumas góticas de la callejuela medieval del tiempo de los Braganzas.

No podía creer, pensó que era una ánima del amanecer, una aparición de ultratumba o, el mismo fantasma navideño.

Era una mujer vestida de bataclana con ropas livianas de encajes de colores en el húmedo frio del invernal diciembre.

Y, cuál sería su sorpresa de aniversario al ver a Charli en persona bataclaneando en plena vía pública.

Charli vestida de bataclana a esa hora de la mañana ?.

Abrumado por la curiosidad, la sorpresa y el espanto, preguntó a la figura parada gradas arriba en las sombras góticas del páramo :

-Charli, Charli eres tu ?, o es solo una alucinación de mi soledad navideña ? -clamó.

-Si ! soy yo -respondió la figura -, ven te estoy esperando.

Al viejo Marqués le sobrecogió el miedo. Después de mucho tiempo se sintió escaqueado y no se atrevió a subir los peldaños de piedras negras como le pedía la voz.

-Joder ! – respondió -. Baja para que te pueda ver, por qué me esperas a estas horas del amanecer ?.

Charli bajó las gradas lentamente, emergiendo de la penumbra soporífera de la alborada pascual.

-Si Marqués -le sonrió-. Te vi con las chinesas en La Celeste y decidí esperarte en este pasaje.

Uf ! le entró el alma al cuerpo. – Que coño haces ahí Charli, eres acaso el Fantasma de la Navidad ?.

-Si ! -dijo-, los soy, y deseo llevarte por el Natal de Porto volando como si fueras el tacaño Ebenezer Scrooge ja ja ja.

Sin darle tiempo a reaccionar le brincó con un abrazo plantandolé un beso profundo en la boca que tuvo un sabor caliente a vino fuerte.

Él, acogió a ese cuerpo aterido de frío y sintió su aroma de amanecida y algas marinas de otros tiempos.

Se quitó la gabardina, luego la americana y se la puso por sobre los hombros desnudos y entumecidos con dos témpanos de hielo.

Ella se encogió como un gorrioncillo herido y se envolvió en la tibieza de la americana.

-Tenemos que ir a algún sitio caliente -propuso-; pero no sé donde.

-Yo conozco uno – se animó y le lanzó una mirada intensa, cómplice, como ofreciéndole el lado oscuro de su suerte.

-Vamos Marqués ?- y le cogió del brazo.

Ambos se perdieron por las callejuelas del amanecer navideño, siguiendo la constelación de la estrella de Orión.

EL TOUR DE EBENEZER SCROOGE

Reencarnada en el Fantasma de la Navidad, le llevó por Das Aliados siguiendo la vía láctea de la madrugada que parecía les guiaba hacia el establo de Sión.

Doblaron por Sao Bento hacia la fuente de Mousinho, para luego subir una calleja con baranda negra virando a la izquierda, siempre subiendo, hasta dar con la tasquinha de amanecidos perdularios.

La recibieron con alegría, a él le miraron con desconfianza, ella era su garante. Pidieron vino, y les trajeron vino con una fuente de cocido. Brindaron vino con los otros hombres que estaban colados por ella.

Él se sintió celoso y apoyó su mano en su rodilla explorando sus muslos fríos con parsimonía y un supuesto derecho de pernada.

Ella, dijo -salud por el amor-, se pusó de pie y se sentó en su regazo.

-A ver escritor primerizo -le dijo en el oído- que festejamos hoy ?.

-Hoy, -le confesó-. Es mi cumpleaños- y le mostró la copia de su pasaporte.

-Verdad, felicidades ! -le dió un beso-. Tengo que darte tu regalo de aniversario.

-No es necesario -dijo él.

-Si ! es necesario -le aseguró-. Hoy tendrás tu regalo de navidad; pero primero te mostraré la amanecida de Porto en el Natal.

Se armaron de una botella de fino y salieron a seguir la ruta de Abenezer Scrooge.

El Fantasma de la Navidad Charli, le guió a la cima de Zé catedral y le mostró las colinas, las iglesias y los parques del campanario al amanecer. Bajaron hacia las chabolas de uralita de los gitanos, para luego perderse en los vericuetos tenebrosos de las calles oscuras.

Él sintió el temor a las sombras que se apretujaban en los fétidos aleros y, bajaron apresurados hacia Sao Bento.

-Ahora -le previno-. Àrmate de vigor por qué vamos a subir a mi picadero, ahí te entregaré tu regalo de aniversario.

En ese señalado instante, el viejo Marqués perdió el sentido de la orientación, mientras ella le jalaba por otras calles más sombrías con los empedrados destrozados, con zaguanes oscuros, con feroces gaviotas que se disputaban a picotazos tripas sanguinolentas, algún borracho, o vagabundo, o adicto al crack que cruzaba las aceras angostas y mugrientas en el aire estancado y húmedo de la mañana.

-Ya casi estamos -le consoló-, al verle abrumado.

-Ves aquella fuente ?, es ahí mismo.

Para él todo era subir y subir por el calvario de la escarpada hacia la fuente anodina.

Aquí es ! -. Dijo deteniéndose ante una puertesilla carcomida y devorada por el comejen del tiempo. Jaló con destreza un cordón que salía del ventanuco de arriba y la puerta se abrió emitiendo un quejido, subieron por una gradas semi oscuras que chirrieban a cada paso.

Èl se sintió acojondo a cada tramo y se aferró con fuerza a la mano que ella le tendía, debía confiar en ella, no tenía otra alternativa.

Llegaron a un cuartito semi oscuro donde habían dos hombres tan tristes y lóbregos como la casa. Después le contaría que eran una pareja gay.

Les pasaron la llave y siguieron subiendo hasta dar con su cuarto privado, su picadero. Era una pieza frígida, con una cama grande, roperos empotrados, sanitarios y un bargueño del tiempo del olvido.

-Hace frio – comentó él.

-Yo lo arreglo -dijo ella y salió.

Estaba cohibido, miró la pieza desangelada con temor, se asomó a la ventana carcomida, movió la cortina y vio sombras siniestras que atravesaban la calleja desierta y lóbrega, sintió miedo y desesperanza; pero también una certeza de que debía confiar en ella.

Hasta que volvió Charli hecha una páscua, traía un calefactor que caldeó el ambiente.

-Ponte cómodo -dijo, se quitó de sus tules de bataclana y se metió sin más bajo la ducha fría; porque no había agua caliente, se vió que estaba acostumbrada.

-Quieres venir a la ducha ? – invitó.

-No gracias, primero muerto – respondió.

Salió tiritando, se bebió un sorbo largo de la botella de fino y se le encaró.

-Marqués – díjole mirándole con intensidad -. Quiero que estés a gusto con mi cuerpo, es tu regalo de cumpleaños.

El viejo, revivió como por encanto, le renacieron las ansias de perdulario puto.

-Es posible ?, puedo tocarte, puedo palparte, puedo hacer de todo ?-. Preguntó.

-Si !, toca, cogé, adueñate de mi cuerpo, no preguntes, es todo tuyo -. Le amonestó.

Acomodó su cuerpo desnudo al suyo y se saborearon, se deleitaron en cada envite, se abandonaron en sus brazos y piernas, se inundaron en sus olores, sus flujos y sus salivas.

Retozaron como dos conejos primerizos, en todas las formas. Las convencionales que sabía el Marqués y, las concupiscentes que se sabía Charli : un romano, un francés, un griego, un polvo vainilla.

Joder ! esta chica se las sabe todas, es una traviatta ( pensó). En las faenas del amor no hay límite.

Se amaron hasta que les venció el cansancio y el hambre.

-Tenemos que comer; pero no sé donde -. Reflexionó.

-Yo sé -dijo ella – vamos a lo del Habibi.

Se aprestaron a salir, el Marqués hecho una última mirada al cuarto del pecado, el picadero. Esa imagen desolada con la cama desecha y húmeda le seguirá en sus duermevelas como el fantasma de su navidad personal.

Salieron al frío gris, y otra vez a subir por las callejas tétricas de piedras negras, pasaron por un un angosto pasadizo y desembocaron en un páramo gris y triste.

-Esto es Batalha ! -. Le dijo Charli.

Se sintió estremecido, ciertamente el páramo era sobrecogedor, así como esa iglesia gótica al fondo que más se parecía un castillo de vampiros.

En una esquina vieron el único restorant abierto con unos cuantos turistas asiáticos, los chinesos.

El menú era solo de cordero, pollo, bacalhao y falafel.

-Ponganos de todo -. Ordenó él -para mí un té, y para la señorita . . .  ?.

-Tráeme un blanquinho con cachaza – pidió.

-Hás pedido demasiado, es mucha comida -. Le reprochó.

-Hoy es mi santo – le señaló el cielo nublado -.Además, ya no soy el tacaño Evenezer, soy el dadivoso Scrooge je je.

Llegaron los pedidos. ella alzó su copa y le miró con una dulzura parecida al amor :

-Marqués -le dijo- : Salut, Vita, Shalom !.

-Obrigado Charli ! nunca me festejaron con la sinceridad que tu tienes – se emocionó.

Cenaron, se divirtieron con la charla y, ella dijo : Me tengo que ir, Nazareth me espera.

Se despidieron sin mayores ceremonias y, ella partió rumbo a Formosa. Él se quedó con su soledad, así estaba escrito, así tenía que ser.

LAS CALLES PERDIDAS

Las campanas de la iglesia doblaron llamando a maitines marcando la media noche, y Charli seguía con su show, mientra él rebobinaba el polietileno del pasado.

La vieja iglesia de San Ildefonso, ya no era aquella la de la navidad, como pintada con humo.

Era otra, renovada, cubierta de azulejos brillantes, sus atalayas pintadas y sus capoteras iluminadas con reflectores que disimulaban las sombras de sus aristas góticas.

Batalha era un lugar reciclado para turistas adinerados, esos que le aliviaban en su crisis de caballo.

Fue en ese instante cuando Charli empezó a liar sus bártulos y salir a la explanada.

Él se puso en guardia, como un lince en cacería, tenía que abordarla, no vaya a estar ocupada y con otro por ahí esperando.

Pero no fue así, ella le tenía ubicado, ella era más lince. Se le acercó sonriendo, alegre, sumisa, cariñosa.

-Hola ! -dijo-. Un abrazo, besos, el tufo a tinto añejo.

Coño ! que tronco de mujer (pensó) el mismo sabor a hembra joven.

-Sabía que nos encontraríamos -suspiró-. Te soñé.

-Soñaste conmigo ? – dijo alagado.

-No !, hace dos noches soñé con pelícanos que llegaban del norte, le conté a Nazareth, y ella me tradujo el sueño diciendo que en cualquier momento me encontraría contigo. Cómo estás ?.

-Bueno, ahí, siguiendo la vida, y tu ?.

-También siguiendo la vida, ahora otra vez nuestra vidas se cruzan ja ja, te invito un copo – sonrió solícita.

-Tenemos que hablar -se apresuró- Pero no ahí donde los turistas, en otro sitio más tranquilo, más discreto, más nuestro, conoces ?.

-Yo conozco, vamos ! – ordenó y le cogió del brazo.

Se pusieron en camino y esta vez no subieron, bajaron por una callecita angosta e iluminada.

Le condujo a la puerta de un barcito fulero, un timbirichi muy coqueto y decorado de color rosa, habia en la acera una mesita solitaria con dos sillas como si estuviera esperandoles.

Fueron a la barra y ella pidió un tinto añejo, él quería beberse un té, no había, solo alcoholes fuertes, se decidió por un vaso de zumo de un tetra pak que vió en la heladera. Le dijeron que no podían abrir el tetra pak solo por un vaso.

-Venga, deme todo el paquete y una pajilla – se desesperó.

Se sentaron en la mesa de la acera, se miraron como buscando las huellas del pasado, casi no las habían, bastante historia transitó por sus cuerpos. Él, más viejo aunque conservado, ella madura, todavía de una belleza destacable aunque bastante rodada.

Le contó su vida llena de sobresaltos; que le habían metido en un negocio ilegal, que quedó embarazada y lo perdió, que rompió su noviazgo, que se enteró que él la buscó; pero las “otras” le dieron pistas falsas por envidia, que a Nazareth le caiste bien, y que ahora se dedicaba a hacer tallados en madera.

Abrió su macuto y le sacó un muestrario, eligió el más bonito, puso una dedicatoria en el reverso y le alcanzó después de llevárselo a los labios.

-Toma -le miró- es para ti.

Èl se sintió aturdido mirando el regalo y, despertó cuando notó que unos turistas les fotografiaban.

-Gracias Charli, tu como siempre magnánima -le sonrió-, tu no cambias chica.

-No creas -le devolvió la sonrisa- es solo contigo Marqués perdido.

-Ahora tienes que contarme el misterio -le tomó la mano por sobre la mesa-, de esas calles tenebrosas que me hiciste subir aquella noche de nuestra navidad.

-Esas calles me atormentaron en mis pesadillas de madrugada y, cada vez que volvía a Porto, me paraba en Sao Bento buscando las malditas calles para aclarar mis sueños, pero nunca las encontré.

-Habian calles que subian pero eran otras, no aquellas grises y tristes por las que tu me guiaste. Hasta llegué a pensar que todo fue un sueño, un mal sueño de navidad.

Fui a Formosa y hablé con Nazareth, ella me dijo que te fuiste y que te buscara en Sao Bento.

-Joder ! ni mi bataclana, ni las calles perdidas, ni Charli, solo mis malos recuerdos junto a mis demonios. Ahora tienes que decirme por dónde diablos caminamos aquella madrugada del natal !.

-Hummm . . . ronroneó y le dió una mirada compasiva :

-Si Marqués -continuó-. Lo recuerdo, esas calles tristes que tanto te asustaron ya no existen, ahora son otras.

-Las deshicieron y construyeron nuevas, en las mismas cuestas, las volvieron calles modernas para los turistas que están salvando nuestra crisis.

-Son estas Marquesinho -le soltó la mano y señaló la calle iluminada que bajaba la cuesta.

-Estas ? -pregunto asombrado.

-Si, estas que suben desde Sao Bento llenas de negocios turísticos, agencias de viajes, inmobiliarias, es esa fuente romana rociando agua que se puede beber, son esos callejones blanqueados con cal e iluminados, son estas losetas nuevas, estas aceras bien compactadas, estas farolas de luz halógena.

-Son estos turistas adinerados que suben y bajan todo el día fotografiandoló todo, hasta nuestras intimidades.

-Es nuestra necesidad Marqués, la que nos hizo vender el alma al mejor postor para poder salir de la miseria.

Había dolor en sus palabras porque quizás añoraba esa otra realidad más simple pero suya, solo de ella y sus bohemias de aquelarre.

-Si ! – le consoló mirando las calles recicladas-. La vida es muy putona, en algún momento todos tenemos que prostituirnos para poder vivirla.

-Y ahora dime : Que es del cuartito aquel, el picadero, donde quedó, todavía existe ?.

Ella le dió una mirada de misericordia sensual, abrió sus labios rojos y dijo :

-Es aquel ! – señaló al frente en diagonal.

Él subió la mirada al frente, no habían las paredes desconchadas, habían negocios de fazendas y una entrada iluminada con un letrero brillante que decía : PENSAO

-Joder, todo está cambiado – se dolió -. Sigue regentando la pareja gay ?.

-No ! – dijo -. Uno murió, el otro anda por ahí perdido.

-No todo está perdido – dijo ella -, el cuartito es el mismo, está como tu lo dejaste, es aquella ventana. (señaló con el dedo).

-Será que me está esperando ? -fanfarroneó y alargó la mano por sobre la mesa y le presionó suavemente su seno.

-Será que podemos visitarlo para comprobar ?. – rogó.

-Ah Marquesinho putinho – apretó su pecho a la mano golosa – en eso no has cambiado, eres el mismo. Claro que podemos visitarlo, ésta misma noche lo haremos.

Cruzaron sus miradas cómplices, hojearon los recuerdos del pasado, sus bitácoras privadas, sus tumbos por la vida.

Él recordaba más cosas, cronista al fin, ella le recordó que Nazareth le tenía mucha estima, le hizo prometer que iría a verla, insistió en las “otras” las malvadas que le ocultaron sus recados para evitar que se encontraran.

Ella paladeaba el tinto añejo y él como un niño sorbía su pajita de zumo del tetra pak.

Hasta que llegó el momento que no se podía postergar más y debía cumplirse.

-Ya vamos – ordenó poniéndose de pie.

Cruzaron la calle, no tuvieron que jalar ningún cordón como antes. Subieron por unas gradas iluminadas y limpias, al fondo estaba la recepción, lejos de aquella pieza oscura de antes. Todo era renovado, restaurado, hasta el recepcionista que habló con ella y le dirigió una mirada de asombro, no por su figura, sino porque sorbía el zumo con su pajita con ansiedad compulsiva.

Por fin subieron al cuarto, y apenas entraron, él se encontró con los restos del pasado. El cuarto estaba increiblemente conservado, como la vez anterior, era como volver al Natal de las calles perdidas.

El tiempo se había congelado en el picadero : el bargueño, el ropero empotrado, los sanitarios donde Charli se duchó con agua fria, la cama del pecado, las cortinas, todo estaba como dejado en la víspera, o conservado en la soledad, hasta el polvo asentado tenía la placidez de semanas, meses, años de sedimentación tranquila.

-Ya ves – ella rompió el silencio -, aquí está todo como lo dejaste, esperándote.

-Increible !. – Se sorprendió paseando la mirada por el cuarto.

-Es como volver al pasado, es como un sueño -. Volvió a decir y la miró con deseo.

-No me mires, date la vuelta – le ordenó otra vez – voy a orinar -. Y se sentó en el bidé.

Èl se dirigió a la ventana y apartó la cortina, como hizo aquella vez. La calle era distinta, nueva, iluminada. Pero, pudo más el lastre del recuerdo :

Se le nubló la vista, afloró el pasado; vió nuevamente la calle triste y semi oscura, vió gatos merodeando, vio gaviotas como gallinazos con los picos corvos, vio dos sombras negras que se acercaban al pie de la ventana y levantaban la mirada.

-Oh Dios ! – pensó – he caido en una trampa.

Las sombras levantaban la mano señalándole con los dedos abiertos.

En ese estado de pánico sonó la voz de ella a sus espaldas.

-Ya está, ven para que me ames – ordenó la voz.

Se despertó como de un mal sueño, miró nuevamente a través de la ventana, la calle recuperó su ambiente iluminado y limpio, las dos sombras eran turistas que posiblemente fotografiaban la fachada de la casa.

Sorbió su zumo con ansiedad y se dió la vuelta. Charli también estaba cambiada, ya no tenía esa placidez de mujer cansada con aires de filosofía. Era la mujer alegre que le llevó a ese picadero en el invierno navideño.

Tenía la mirada brillante, dispuesta al acto de la entrega.

-Ven siéntate en la cama, no hagas nada, te voy a sacar los calzados – todo eran órdenes.

-Ahora échate – continuaban las órdenes- : las manos aquí arriba, las piernas tiesas. Estás amarrado a la cama, estás encadenado, tranquilo, yo te quito la ropa, a ver !.

Él como un niño obediente :

-Quiero sorber mi zumo – mirando y obedeciendo.

De un tirón se quitó la falda de gitanilla, luego la blusa de flores y los sujetadores, tenía las bragas breves que apenas tapaban su pubis rasurado, níveo y rosado.

Su cuerpo bastante bien conservado a pesar de sus trotes, y la sonrisa entre maligna y sádica y angelical al mismo tiempo.

Él sabía de siempre que podía confiar ciegamente en ella.

Hicieron sus cosas con lujuria profesional, en realidad ella lo hizo todo, con ganas, con decisión, con agradecimiento, como si estuviera pagando una ofrenda prometida.

Ya no eran los conejos primerizos de la época de las calles perdidas, su amor de ese momento era sosegado, tranquilo, con sus tiempos medidos, de agradecimiento a la vida, nada más.

-Ya está ! – le animó complacida – todavía puedes viejo Marqués.

Se quedaron un largo rato mirando las manchas del tumbado y recuperando los sístoles del corazón.

-Ya es muy tarde – dijo él -. Me tengo que ir, creo que por fin deshice el embrujo de las calles perdidas.

-Yo te ayudo – le respondió solícita.

Se cubrió su desnudez con su mantilla de pretensiones manilas y le ayudó a vestirse, y le acicaló como a un niño o como a un viejo,

-Tu pañolón se parece a cuero de culebra – comentó, le puso su zumo del tetra pak en la mano y le dió un beso profundo.

-Ya está, puedes partir ! – ordenó por última vez.

-Yo me quedo a hacer mis cosas.

No hubo adioses, ellos bien sabían que entre caminantes no hay adioses, solo hay camino.

-Ya sabes – le gritó hacia las gradas -. Yo paro por Batalha.

Él miró el cuartito por última vez y bajó las gradas lentamente, el hombre de la recepción le despidió con la mano mirando como sorbía de su caja de zumo de tetra pak, él, dijo : – La mulher quedó arriba.

Salió a la neblina de la amanecida y cruzó la callecita, cruzó Batalha y se perdió con rumbo desconocido.

Sacó del bolsillo de su gabardina el grabado que le dió Charli, y leyó la dedicatoria :

“ Mi Kerido M. la vida es fudida “. ( querido con K . . .  era Charli ).

Obs .- “ ( . . . ) cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes. De los que puedes ser uno de ellos.”  H. G.

París In Memoriam :

MON CORPS A PEUR.

MES IDÉES NON.

JE SUIS EN TERRASSE.

Porto – Otoño  2015

RICARDO RAUL CAUTHIN ARAMAYO-FLOREZ

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