A P A T R I D I A     L I T E R A R I A

4o Capítulo         (1era parte)

 

 

LAS TRES MAÑANAS DE LA MUJER DE TRANSNISTRIEN Y EL MARQUÉZ.

 

Para ti Marquéz Tronado. . . . .Gratis !.

 

Abordó a las volandas el vuelo de las dos de la tarde del Boein 807 en el aeropuerto londinense de Stanstedt.

 

Viajaba con esa vieja incertidumbre tan suya, la duda. Esa suspicacia sin pudor y sin red de seguridad que le aventaba como su sombra, y le ponía ante la evidencia de ir al encuentro con una mujer que le hizo concebir nuevas esperanzas de rehacer su vida de solitario impenitente, de lobo estepario curtido en las derrotas del amor.

 

Le invadió el conocido temor al fracaso, a su edad ya no estaba para más aventuras de cazador furtivo y, una nueva recaida le supondría el colapso total.

 

Llevaba en las alforjas de viaje de su trashumancia dos amargas experiencias del pasado. Fruto de dos lances fatales con dos pécoras de mucho cuidado.

 

La primera, cuando se topó como una maldición del destino, con la fulana llegada del Pacto de Varsovia. Desde el primer momento esta ”anaconda” (por la edad), le sometió a un acoso salvaje y, no paró hasta obligarle al matrimonio para lograr su visa de recidencia.

 

El teatro terminó cuando descubrió que la veterana se movía con un pasaporte expedido por una de las dictaduras de aquel entonces.

 

La otra circunstancia no fue menos trágica.

 

Siguiendo los vaivenes políticos en ese país de mierda, se le cruzó el fantasma del pasado de antes de las dictaduras. La pobladora esa de barrio marginal. La de esos ghetos donde bebían agua de pozo, cagaban en las acequias y se alumbraban con quinques de keroseno.

 

Le brindó su cuerpo y su alma buscando trepar a su costa en su escala social y política. Más tubo que abandonarla porque se dió cuenta de sus vínculos con los antiguos marginales de torrenteras, enemigos suyos irreconciliables.

 

-Que hóstias ! –pensó- la vida es a veces es muy putona, joder!.

 

El consuelo que le quedaba era que en ambos lanzes no hubo amor, como podía haber amor en esas relaciones tan sucias?. Fue un simple trámite de rutina y punto!.

 

Sus pensamientos bamboleaban al son de las turbulencias de ese vuelo sobresaltado a 20.000 pies de altura sobre el Atlántico.

 

Há Marquezinho Tronado de Carrer Punset, mirando por la escotilla del avión depuraba la culpa histórica de los episodios ingratos de su pasado.

 

Donde tambien hubieron otras mujeres, como no?.

 

Mujeres distintas: Honestas, jóvenes, bellas, cultas, limpias, decentes, elegantes, educadas, con aspiraciones en la vida, con sinergía de futuras empresarias, en resumen chicas con „savoir faire” y, de familia con pedigrí de altos vuelos –las intocables- las de su círculo familiar y el ateneo de los cuatro gatos ácratas.

 

Como las mellizas Centeno-Quiroga (Choca y Chichina), con quienes tuvieron un romance de adolescentes al alimón con su amigo del alma: Pepote Vera. O la misma hermana de Pepote, su noviecita oficial hasta el momento de caer en prisión.

 

Tambien le vinieron a la mente los gratos recuerdos de su polola Caprice O´ Neil en la Universidad de Chile, con quien acordaron salir a la frontera de Mendoza Argentina y seguir rumbo al Canada; pero no pudo ser, porque el cayó preso en la víspera al estadium de fútbol.

 

Un otro romance tuvo en al campo de refugiados de Alvesta Suecia con Gunhild tremenda vikinga para su pose de tercermundista, media 190 cm de estatura, blanquisima como las walkirias del Valhalla escandinavo, él, le llegaba con mucha suerte apenas a la altura de los senos generosos y contundentes. Despertó la envidia de los demás refugiados, fue el primero en conseguir liarse con una sueca.

 

Y el tour mochilero con Bichette, La Petit Cherié, recorrieron media Europa para recalar en un campamento hippie en París: Chatenaoui Malabrie. Fantástico, donde todo era de todos, desde las prendas de vestir al amor los polvetes y los porros.

 

En Barcelona no le fue mal, Latinoamerica estaba de moda, y en la autonóma los chavales y chavalas ardian en deseos de colocarse, protestar y vivir la movida. Se hechó otra noviecita: Montse, auténtica catalana de buen ver y mejor parecer, que entre otras cosas, le introdujo a los círculos acrátas estudiantiles semiclandestinos en tiempos de la dictadura.

 

Bueno, fueron las oficiales –razonó cínicamente- porque hubieron otras, las super oficiales je je je.

 

En ese instante se encendieron las luzes de aviso, había que abrocharse los cinturones, la aeronave se aproximaba al aeropuerto de Sa Carniero.

Nuevamente se asomó a la ventanilla, a esa hora del atardecer la bahia de Espinho se mostraba en toda su magnificiencia, preciosa cinta de arena y mar desde Granja hasta el chiringuito del Bajel Fenicio.

 

-En estas playas solitarias –meditó-. Barridas por los nortados, vendré a esperar la muerte !.

 

El avión sobrevoló por Matosinhos, volvió a entrar en la inmensidad azul del mar para perder altura y, planeó por sobre Porto agujereando las nubes como una primaveral gaviota en la cinta de asfalto de Sa Carneiro.

 

Pasó raudo por los controles de rutina y dió la orden al taxista:

-Rapidisimo al hotel Petit París, por favor !.

-Lo lamento señor –respondió el taxista- tenemos que dar una vuelta por Praca Carlos Alberto, no se puede entrar al Centro Histórico, hoy estamos de fiesta.

 

Coño ! se olvidó, ese era el día de la revolución de los capitanes, la caida de la dictadura salazarista.

No bien se aseó rapidisimo, salió del hotel rumbo a Travessera Paulista.

Cruzó avenida Das Aliados repleta de la multitud en su fiesta ritual de alegría obligada, que en ese momento más se parecía un acto de protesta.

Abriendose camino entre la gente congregada, subió presuroso ruas arriba por Bom Paraiso.

 

Llegó agitado con la pulsación acelerada y cierta taquicardia por la emoción. Siempre pensando que no tuvo que ser un sueño, que ahí estaba la callecita esa, la entrada rosa con su golpeapuerta de bruñido cobre, la escalinata gastada a media luz, el pisito perfumado, coqueto y acogedor de soltera y, estaba ella!, esperándole.

 

Como habian quedado de acuerdo meses atrás en el Natal portoense, jurándose el reencuentro.

 

Tras caminar frenético los últimos metros de Bom Paraiso, por fin dió con Travessera Paulista.

 

No fue un sueño de navidad, la calleja estaba ahí, anclada en su soledad de las cuatro de la tarde del día de la patria, día de los claveles rojos.

Se paró en la esquina y peinó el panorama con su mirada. El pasaje en cuestión le pareció tan distinto a aquel otro, ese que abandonó con las últimas mieles de sus amores pervertidos y la tibieza de la piel de ella metida en sus poros, en el invierno plomizo y desolado como panza de pollino guacho de su 59 aniversario.

 

Ahora, al tibio sol de la primavera portuguesa, mostraba el páramo un rostro calido y acogedor, amable. Tenía bastante de parecido a los callejones hachemitas, esos que rodean la juderia de Córdoba en Andalucia.

 

Se notaba que había sido reciclado y restaurado, dandole un toque renovado, turístico, hasta la plaqueta con el nombre era nuevo. Èl pensó que el genuino, el antiguo, quizás decía: Travesa du Faca (pasaje del cuchillo).

 

Se imaginó a si mismo 300 años atras, anclado en ese mismo paraje del tiempo de los Braganzas, en cuyo empedrado golpeaban los cascos de robustos percherones, jalando carruajes fúnebres y anacrónicos desde los bazares de Santa Catarina rumbo a la estación de Trindade, a la luz tétrica de antorchas humeantes ensartadas en capoteras de estilo inquisitorial, rasgando con su calor los goterones de la lluvia estival.

 

Los misteriosos pasajeros oteaban el ambiente tras las cortinillas de las calezas, moviendo sus manos con parsimonía envueltas en guantes de fino tul o rosa escarlata.

Los cocheros, señoriales, fúnebres y góticos, sentados en los pescantes como estatuas de carbón, azontado con fuerza a los caballos.

 

Y otros viandantes, caminaban presurosos como huyendo de sus sombras, con la chistera o el chambergo calados hasta las cejas, la capa negra subida hasta la altura de la nariz, tratando de pasar desapercibidos y raudos por el pasaje medioeval.

Huyendo asustados de la calle del cuchillo, de sus leyendas, su tiempo añejo y sus ánimas de espanto.

 

Porque esa via era una especie de pasillo que acortaba el tránsito entre la populosa rua Bom Paraiso y, la avenida Da Fonseca que conectaba con la estación de Trindade.

 

Volvió a la realidad de su presente funambulario y nuevamente paseó su mirada sedienta de nostalgia por ese pasaje que en ese preciso instante del atardecer de abril, se mostraba sin reparos pudorosos, como un lugar lleno de recuerdos de tiempos idos, lleno de secretos inconfesables, de amores impios, de delirios de grandeza, de sentimientos encontrados, de amores contrariados y, porqué no? de: decepciones, desengaños, indiferencias, desprecios, maldiciones, suicidios, reconciliaciones y reecuentros fogosos en las lides del amor y la revancha.

 

Se sintió atrapado sin su consentimiento, en el embrujo de ese callejón sin rumbo, que a partir de ese instante le marcaría la vida como un herraje ardiente metido en su piel, en sus recuerdos, en su otoño olvidado del tiempo que fue su pasado.

 

Sin embargo en ese señalado instante de ansiedad por el reencuentro con la mujer del Este, admiró ese paisaje que ya nunca dejaria de ser una tentación lúdica para su gusto de escribano, a partir de sus balconsillos enanos como de casas de muñecas que descargaban pérgolas y madreselvas que barrian los suelos, sus maceteros empotrados al lado de las ventanucas pequeñas de un barroco colonial, con lucimiento de flores de la época, sus vitrales en miniatura protegidos por auténticas filigranas de hierro forjado, su angosta arquitectura donde podían estrecharse las manos de tejado a tejado.

 

Andando el tiempo, él sería conocido en toda esa calleja del olvido como: EL CATALÁN, por varias razones, entre otras: su gracejo peninsular, su bonhomía transpirenaica, sus aires de Marquéz Tronado en franca decadencia, sus pases de señorito desheredado; pero, más que todo, porque llevaba grabado en el puño de caoba de su bastón de perdulario, el escudo del F.C.B., finamente cubierto por una pelicula lujuriosa de ámbar brunette. Y, era tan llamativo, que necesariamente le hacía sentir tener el deber de explicar con un toque de alardía que: pertenecía a una selecta Peña Blaugrana de la Ciudad Condal, algo asi como una cofradia de pijos bohemios admiradores del Barca: Les Caballieres des Pau Palaú.

 

Si bien ese detalle le daba motivos para fanfarronear, bien sabia que tambien podia ser peligroso. Los rudos habitantes y visitantes del pasaje, podian pensar que andaba sobrado de pecunios y, que ellos muy bien querrian sentirse tentados a aliviarle de peso con una expropiación en toda regla.

 

LA SEGUNDA MAÑANA DE PARMINA FURANA

 

Levantó los ojos nublados por la nostalgia hacia el balcón que descolgaba entre el tejado ribeteado de musgitos verdes y la entrada rosa; porque le pareció oir el preludio de un violín romaní de los Gypsy Band, que interpretaba Csárdás, divinamente instrumentalizado por Ferenc Sánta.

 

Vió entre los tules celestes de la ventanita semiabierta del balcón, una mano tenue y delicada de colegiala primeriza, un perfil pálido de matices nacarados, unas pestañas veladas de tintura azabache, una nariz respingona y breve, cuyos aleteos fibrilaban con la respiración sutil del momento, unos ojazos furiosamente verdes y solitarios que se inclinaban expresivos por sobre el balcón, invitandole a subir al reencuentro pactado.

 

Lo que vió, fue eso: una sonrisa sin sonrisa, vió la prestancia de alguien parecida a una reina de juguete, la prestancia de una mujer desamparada en la soledad de la espera.

 

Y sonaba con insistencia la música zíngara del maestro Ferenc Sánta.

 

Subió presuroso por el rellano, el pasillo a aquella hora de la tarde, estaba detenido en una orfandad suave y dorada, la lámpara de cristal colgada en el centro, tembló timidamente, movida por la brisa que soplaba de algun resquicio oculto, hinchándose como una vela de barca a la deriva.

El reloj de carrillón del fondo, marcaba las cuatro de la tarde de ese encuentro con la rémora de su memoria.

 

Pasó por la puerta semiabierta que dejaba filtrar la melodía sugerente de Csárdás de Monti.

 

La pieza estaba a media luz. Era un cuarto mediano, con un adosado al costado cubierto por una cortina que tapaba discretamente el lavabo, la pequeña ducha y el bidé. En un rincón apartado, languidecia un viejo pianoforte polaco.

 

Había dos butaquitas forradas de terciopelo gualda, una a los pies de la cama y la otra apoyada en la ventana de su pequeño balcón. Un armario que parecía de anticuario. Un pequeño tocador con cómoda, los visillos celestes disimulaban las persianas incoloras y quemadas por el sol.

 

Sintió en el ambiente un olor a fruta perfumada, algo asi como membrillos, y éste olor era más fuerte en las sábanas almidonadas de la cama turca a rás del suelo, de magnífico muelle resistente y, su colcha adornada con corazones partidos, como hecho adrede para las faenas intensas del amor.

 

El tic-tac del reloj de carrillón del pasadizo de afuera, llegaba acentuado y rítmico, contando los silencios y las pautas de la conversación en los descansos del acto deshonesto de la fornicación.

 

Por fin , estaba ella, fresca y radiante con su bata blanca, como con una “mañanita” de adolescente.

Se notaba empapada de un perfume antiguo que le mareaba los sentidos.

 

En aquella hora de la tarde festiva del abril revolucionario de los claveles rojos. Parmina Furana, tenía los ojos entrecerrados y húmedos por el reflejo pálido de amarillo con ícterus que filtraban las cortinas celeste cielo del balconcillo de su piso de muñecas.

 

Tenía los labios rojos entreabiertos y abandonados en una sonrisa de bievenida y envite para el foráneo que llegaba a sus aposentos de mujer fatal.

Sin medir palabras, se confundieron en un abrazo que pareció eterno, se buscaron sus labios secos y ávidos de saliva y aliento.

 

Ella, musitó un quejido corto, laxo, distendido, que se oyó como:

-Por fin llegaste. . . . . . Marquezinho aturdido !-.

 

Empezaron a desnudarse con la premura del tiempo perdido, buscándose en la penumbra del aposento celestino, sus cuerpos emanaban un vaho de deseos, pasiones y angurrias contenidas en la larga espera del encuentro con el pecado de la carne y del placer.

Se poseyeron en silencio y con furia, como dos delincuentes purgando una condena largamente dictada por el juez del tiempo de la memoria.

Como dos amantes enloquecidos, vengativos, zalameros y canallas.

 

El maestro Ferenc Sánta, guardaba un discreto itermezo.

 

Se buscaron la piel de sus cuellos, como dos licántropos, sedientos de venas, con mordiscos suaves, elegantes y babosos, más no por eso menos dolorosos.

Al final, se envistieron con un furor cuasi salvaje que les venia del fondo de sus miasmas genéticos de seres hechos para el mucho placer y, la poca verguenza.

 

Al concluir la cabalgata, el Marquezinho se apeó con dificultades de viejo achacoso, su gastada humanidad ya no estaba para trotes de padrote.

 

Parmina Furana, cogió agilmente la sábana rosa caida en el suelo y se cubrió solícita las puntas erectas de sus teticas de walkiria núbil, y el inicio de su pubis húmedo y lampiño de pre adolescente.

 

-Ahora sí ! –solicitó con su mirada de gata en celo-. Ya puedes mirarme.

 

Al Marquezinho le pareció ver una estampa de los cuadros del Greco, donde recrea a Eva en el Paraiso despues del pecado del amor proliferador de la especie.

La pudibundez atávica de la hembra poseida, de Eva la pecadora, que se cubre con verguenza las delicias de su cuerpo disfrutado por Adan, el padre de la humanidad.

 

La chica del Este, se incorporó de su cama turca con una voluptuosidad estudiada y profesional, envolviendole en el fuego de su mirada verde díjole:

-Marquezinho satisfecho, tenemos que hablar, y esta vez en serio-.

 

Siempre cubriendose con su sábana rosa al estilo de una vestal de Acrópolis, se sentó frente al pianoforte, paseó sus pálidos dedos casi transparentes por el teclado, como si estuviera acariciándolos y, se arrancó con una melodia sureña, araucana profunda, de esas que tienen duende propio, además tan conocida por él.

 

El lamento de Violeta Parra : Run Run.

 

Ùltima composición de la diva chilena antes de suicidarse. Su testamento de amor a su trovador : Run Run se fue p´al norte !.

 

Pensando en la tragedia de Violeta : Su espera inutil al regreso del bardo suizo que se fue p´al norte, para no volver.

 

Sintió que tambien él necesitaba alguien con quién convivir, alguien que le acompañara en el viaje cotidiano de cada día, una parte eventual para despertar cada mañana, alguien que le guiara en el sueño de reconstruir su memoria, alguien que quiera salir a cenar en una meza apartada, alumbrada por dos velas, y le ayude a escanciar el vino del recuerdo, en las sobremesas de los tiempos idos.

 

Parmina Furana se deleitaba sobre el teclado con: Run Run se fue pa´l norte.

 

Se asomó al pretil de la ventanuca, paseó la mirada aguda de urogallo ya bastante disminuida por las dioptrías de los años.

 

Oteó a travez del entramado de los tejados de rojo metálico cuajados de musgos verdes, se oían sonoros los timbales de la muchedumbre, en el fondo de avenida Das Aliados y Praca Liberdade.

 

La multitud enfervorizada, recordaba su revolución, esa que fue y ya nunca será. Quizá por eso la recordaba con tristeza, porque se llevó sus mejores sueños de grandeza para no devolverlos más.

 

La revolución de los claveles rojos, la de los reclutas universitarios, los estudiantes alzados en las colonias africanas, que reclamaban su derecho a a vivir su juventud libres de los restos momios coloniales del pasado.

 

Los oficiales jóvenes que prohibieron soltar un solo disparo y, en cambio, poner la flor en la boca de los cañones ahumados de sus fusiles y mesclarse con la multitud, en una misogenación aglomerada y alegre de amor a la humanidad.

 

La chica del Este paró la música suave de Run Run.

 

Se asomó a la ventana atraida por el clamor revolucionario de abril. Apoyó su blonda cabeza en su hombro, sus labios rojos mordisquearon el lóbulo de su oreja izquierda, sintió los restos de sudor que todavía arrastraba de la escabechina del amor desaforado y, abrazó el cuerpo tan deseado.

 

Tal vez pensando que de ese cuerpo sacaría su proyecto de largo alcance, no solo de ella, sino de los dos, algo que creciera dentro de ella –en sus entrañas-, para proyectarse al futuro.

Ella lo tenía muy claro. Solo debía encontrar el momento oportuno para planteárselo con mucho tacto, sin correr el riesgo cierto de que le dé un paro cardiaco por la hemoción, al saberse el elegido.

 

-Con los vegetales, nunca se sabe -. Meditó descarada.

 

Por lo mismo, debía plantearle la petición, esa que estaba madurando desde la misma mañana del Natal, cuando le vió perderse rumbo a Trindade, como el fantasma de la navidad. En el momento neutro de la madrugada, cuando muere la noche, se despejan las sombras, y se produce el vacio, para dar paso a la luz del día.

 

Como recomendaban los Patriarcas de las Moreras Romanís, en los caminos antiguos de Transnistrien :

-Ten mucho en cuenta tus sueños; porque pueden cumplirse más rápido de que lo que tardas en despetar-.

 

Y, por eso estaba soñando ultimamente con una secuencia temática en su mundo onírico, que tiene algo de profesía al repetir dormida :

-Marquezinho itinerante: Entiéndelo, tú no puedes ser tú sin mí -.

-No serás nada sin mí -.

 

Despues de ducharse, acordaron salir a cenar ahi mismo, a la esquina de Da Fonseca. Había un restorantito elegante y discreto, aunque no tanto el nombre :

 

El Palacio de la Francesinha.

 

Y servía el típico ”yantar” de Porto : esa especie de emparedado con varias capas de jamón, queso y longaniza, entre rodajas de tostadas, suculentamente cubierto de una salsa blanca, con acompañamiento de abundante patata frita, tal que parecia eso, un plato de fondo francés o mejor : Una Francesinha portoense.

A los postres, el mesonero se lució poniendoles dos acentativos con chispitas encendidas.

 

-Vaya sorpresa –djo ella- ya ves, es por tí Marquezinho Tronado !.

 

Luego se pusieron un tanto tímidos, hacía algunos meses que no se veían y posiblemente tanían cosas para contarse.

 

Eran dos vidas cronológicamente distintas que fluían con la inteción de encontarse en terreno de nadie, para tratar de compatibilizar una existencia en común.

 

Después de preguntas y respuestas vanas de cortesia obligada.

Y, con el fondo clamoroso y patriótico de los timbales eufóricos de la celebración revolucionaria ruas abajo.

 

Parmina Furana preguntó :

 

-Y que es de tu historia ?. Esa del ácrata, el pijo estudiante ?. Aun sigues en ello ?-.

 

Una pregunta que no dejó de sorprenderle, quizás por que la bella transílvánica , ocupada como estaba en los afanes del amor, se olvidó de sus historias de escribano itinerante.

 

-Si claro –respondió-. Es una historia que no la puedo dejar, me persigue como un galeote de mi obituario remoto.

 

-Y porqué te persigue ?- Le interpeló.

 

-Porque es un ajuste de cuentas con el pasado, y el pasado tiene que estar bien cribado a la hora nona del encuentro con Caronte.

 

-Entonces –inquirío intrigada-. Hay demonios que le persiguen a tú personaje ?-.

 

-Estee –meditó-. Si !. El ácrata tiene demonios del pasado y , de los peores.

 

Mi personaje se encontró con una pandilla de aprovechados.

Esos, los fanáticos del : Librito Rojo. Unas auténticas amebas del que hacer político en ese entonces.

Los Irrelevantes, les decíamos.

 

-Fantástico –se emocionó-. Vamos cuéntamelo !.

 

De modo que en la tarde que moría, la del abril de los claveles rojos. El Marquezinho Tronado, se vió obligado a desgranar su relato para la mujer del Este.

Ese de su aventura desventurada con los irrelevantes.

 

Hasta que les peinara el húmedo frio del amanecer del Douro.

 

Continuará

 

RICARDO RAUL CAUTHIN ARAMAYO-FLOREZ

 

Apatridia   Literaria

 

Primavera 2014

 

Spinho – Porto Goia

 

 

 

 

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