R E L A T O

Relato  Real :  Exilio  en  el  exilio

 

” al identificar los nombres ya nadie podia decir que estaban desaparecidos”.

Miguel  Herberg, periodista asturiano. Chacabuco/ varones – Pisagua/ mujeres 1972

Extracto de  “Chile  73 “.

 

Bar:  Cas  d´ Barrer

Llegó puntual como todas las tardes, pálido, ojeroso, fragil y anónimo. Agotado de sus amaneceres en vela y el castigo implacable de sus recuerdos.

Traia consigo como siempre, el sudado mamotreto de sus memorias apretado bajo el sobaco, daba la impresión de que tanto llevarlo de la misma manera y lugar, ya era parte indispensable de su humanidad, de su antiguo YO, de sus evocaciones del pasado amenazadas por las momias vernáculas del pleistoceno.

 

No tenía otra alternativa que llevarlo y traerlo como su sombra, como una reliquia de su país inexistente, país de sus vacios, sus ausencias, sus primeros escarceos adolescentes, su dolorosa existencia virtual, su realidad hecha de entelequias.

Ni modo, era su patria personal, privada, patria nómada, de bolsillo, desarraigo, distancia, olvido, mierda !. Patria imaginada solo en sus delirios entre la vigilia y el duermevela. Patria de su utopía imposible.

 

El bar estaba abierto como de costumbre, despidiendo su tufo de alcoholes estragados, su atmósfera de abandono y nostalgia. Su ambiente indefinido y canalla entre bodegón, tasca, tugurio o comidería típica; pero, bar al fin.

Recaladero de almas solitarias, deprimidas, hombres sin fe, nihilistas de vocación y oficio, los mataos: – no te suicides/  si igual te van a matar-.

Almas en pena como él, exiliados del tiempo perdido, de esos que no les basta con su destierro en el país del frio nórdico y buscan un otro exilio más intimo, más profundo y amargo en territorios de nadie.

 

El placer masoquista de auto destruirse, convencido definitivamente de que no tenía ningún derecho  a la felicidad, mientras no se reivinque su memoria.

Así como la certeza de estar cumpliendo una condena no dictada por ningún juez; por que el delito que purgaba no estaba legislado en ningún código jurídico: insurgente compulsivo.

 

El bar, mostraba un decorado fulero, haciendo honor a su ubicación lupanar portuaria a orillas del Canal Viejo en el mar del norte.

Con marineras de mal gusto, redes de pescar colgadas al lote, jaulas marinas para atrapar langostinos, jaivas o percebes, anclas de todo calibre, diferentes astrolabios, máscarones de proas de galeones siniestrados, ojos de bueyes, gaviotas disecadas, la rosa de los vientos, farolas apagadas, cuadernos de bitácora plastificados, retratos de viejos lobos de mar, olios baratones canjeados por copas de aguardiente clandestino, que grafican rocas penosas y grises bajo cielos de fiordos nevados color a deyección de albatros y pelícanos.

 

En el rincón de siempre esta parqueada la usada y abusada wurtlitzer, como avergonzada de su pasado, esperando con paciencia de Penélope su desguaze definitivo, su cesarea de los vinilos que guarda con tanto celo durante décadas de susurros a media voz. Los sones de New   Orleans, Misissipi, Lousiana, los blues, el soul, los goes speel, el Mardi Grass.

La vieja Troupe de Minstrels de los ófricos cafés en los bajos del New Yorker.

Los ambientes selectos masónicos del Paralelo de Barcelona.

El Jam Jazz de Buky Leo y su cuarteto en Silver Bullet del Finsbury Park londinense.

 

Nuestro personaje, pasa el umbral del bar y saludando con un movimiento leve de la cabeza  se dirige derechito a la barra, el mesonero sin necesidad de preguntarle, ya lo sabe, le pone lo de siempre, lo de ayer y mañana: una big beer y un ”caballito” de José Cuervo. Es su ración para una hora y media, luego vendra otra y otra.

Armado de su primer cupo se dirige al rincón de todas las tardes, el que esta pegado al ventanal de la calle grande, por donde pasan los tranvias, el rincón del foraneo, la soledad en el barullo, el silencio en el sonido, su starbuck privado.

Ahi mismo da rienda suelta al interrogatorio de si mismo, a veces en voz alta, para escribirlo en las hojas blancas del mamotreto. Algunos parroquianos piensan que esta loco, otros, más comprensibles o piadosos, piensan que es solo un pobre escritor primerizo o aprendiz de escritor, que viene a ser lo mismo.

 

La vieja wurtlitzer guarda con celo de madre soltera la cadencia de los sones afroamericanos, que tanto gustan a los puritanos blancos, hipócritas hugonotes.

La lujuria de los ritmos broncos de color subido, el pelo esponjado y el sudor fuerte:

Oh show us the way.

To the next whisky bar/  for we don´t find.

The next whisky bar.

 

La vieja wurtlitzer invita al erotismo mercenario de hombres y mujeres, emitiendo quejidos desesperados:

I tell you we must die.

I tell you we must die.

Incita a beber, a decear, a pedir aguardiente añejo, sexo duro droga blanda, sexo blando droga dura, con languidez en las miradas:

Oh show us the way.

To the next little dollar.

 

Vibran los vinilos con la lascivia del trombón, el saxo, la trompeta, el piano, la batería y la voz. Voz caliente de gata en celo:

Oh moon of Alabama.

It´s time to say good bye.

 

Mientras en el rincón del foraneo, nuestro escritor primerizo o aprendiz de escritor, sumido en su incansable pasión evocadora y su lenguaje intelectual, se pierde por los variados vericuetos de su vida de caidas y levantadas.

Sus triunfos efímeros y sus fracasos rotundos, como sus antecesores  pioneros renacentistas ilustrados, quienes escribían para descubrirse asi mismos.

Lleva como un pesado dogal en las alforjas de viaje dos matrimonios frustrados, planificados y consumados como meros trámites burocráticos o contratos sociales pactados por las necesidades urgentes del momento, como si fueran un empadronamiento o un registro en la oficina de impuestos y punto.

Más nunca como una convincción y corolario de eso que otros llaman  “amor”.

 

 

Las colegas de la vieja wurtlitzer son cinco tragaperras cluecas que funcionan a todo vapor, pujando por prometer imposibles pecunios, bingo!, a los incautos ludópatas con sueños de grandezas que las alimentan compulsivamente hora trás hora con monedas, la calderilla, que se pierden en el vientre de las máquinas para ya no salir más.

El obseno y semioscuro pasillo, se comunica con los fogones de la cocina a travéz del rancio eructo a grasa usada, el penetrante olor del amoniaco de los mingitorios va mezclado con los aromas artificiales a lavanda de los desinfectantes, luego acampan los toneles de aluminio para repostar la Badweiser alemana, cajas y trastos manoseados forman el pasadizo del pecado, donde los habitues van y vuelven de los lavabos pasados de alcohol y algo más.

Por conservar el equilibrio, vencer la fuerza de la gravedad o simple costumbre, se apoyan entre si, se toquetean, piden disculpas, ellos y ellas, se acercan las mejillas, se juntan los labios, las manos palpan con ansiedad, los quejidos brotan de agudos a graves, ya esta!. Las partes pudendas húmedas y prestas se buscan, se encuentran y se vacian rapidisimo en la penumbra alcahueta del pasillo del bar canalla Cas d´ Barrer.

 

Convertido en un antro de amores impios y contrariados, votadero de los sin fe, los extraviados en los meandros de la memoria, los que fueron utilizados como los soldados de Salamina y abandonados al filo del medio día, tratando de sumergir sus descalabros privados en un exilio dentro de sus fronteras, en su propia casa:

Por los rincones camino/  llorando solito mis viejas penas.

 

Y aunque no crean o se hagan los que no saben, tambien las sociedades avanzadas y desarrolladas, etiquetadas como “ del bienestar”, dejan víctimas en sus cunetas, outsiders que se resisten a ser programados, a ser hombres standard, mano de obra zombie y consumidores sumisos. Bueyes embrutecidos por la rutina.

 

Volviendo al aprendiz de escritor, ese que ahora otea los tranvias sugerentes de un viaje.

El viaje a travéz de los recuerdos a su primera experiencia fallida del matrimonio. Cuando arribó a latitudes de exilio, joven, 19 años, desorientado, inexperto y desamparado en tierras de fiordos congelados.

Sintió como nunca la ausencia del regazo tibio de la madre, sus caricias y consejos.

 Sin imaginar que la perfidia de la vida le hechara los tejos, poniendo en su camino una mujer mayor que él con diez años, cansada del garbeo por la Europa comunista, buscando una cabeza de playa en la Europa capitalista. Una veterana avezada en relación a él; pero con un plan de anaconda.

 Dejó a la noviecita, rubia hipicita, y se unio al ”team” de la partida. La veterana aportó su plan de viaje, y él, logró la mamá postiza que le faltaba.

Muy mal negocio, andando el tiempo, todo se tradujo en algo parecido a un fenómeno escatológico, con premonición agorera de otros tropiezos sentimentales.

Obligando al superviviente de las dictaduras a buscarce un reducido exilio en el exilio, y el recurso inapelable del alegato.

 

 

 El dueño del Cas d´ Barrer es de nombre Old Harold, es un ex popeye de la marina mercante, tiene los brazos culebreados de tatuajes y un fisico imponente; pero lo más interesante es su don de gentes, de tanto dar vueltas al mundo, se volvió cosmopolita y apredió a tolerar al afuereño al trashumante, sin importarle si es indocumentado, clandestino o super legal.

Como navegó bastante de la Baja California a Punta Arenas, guarda buenos recuerdos de las tierras americanas y sus gentes, arrancandosé con tacos propios del lugar.

Tambien hace de institución benéfica para los borrachitos que sucumben a los embates del alcohol, hay una “hucha” para reunir dinero y comprar la corona mortuoria del finado en la víspera.

 

Mientras nuestro aprendiz de escritor, aislado junto al vitral callejero, afila  su pluma ajeno al follón del bar, concentrado en las digresiones de sus memorias.

Tiene fuego en la mirada y los músculos del rostro se ven distendidos por el tequila.

Su mente motivada por la morriña y las birras, escarva en el horcón de los papeles archivados, las actas del evocatorio de los estudiantes federados en el siglo pasado, hasta dar con la figura traslúcida de aquella adolescente, ”ojos de perro azul”, tímida y revoltosa, según su estado de ánimo y más que todo macanuda, como se decía entonces.

Primero admiradora, luego, seguidora incondicional, y lo jodido, prometida a un novio de su medio social por un acuerdo familiar.

Lo que no fue impedimento para que ambos, jovenes al fin, tuvieran lances amatorios breves y secretos, ligues rápidos de estudiantes en las fiestas, las promociones, coronaciones y guateques campestres.

Todo con suerte, mucha suerte, por que ella no quedó embarazada.

La dictadura o las dictaduras, enviaron al futuro aprendiz de escritor “a paseo”, le sacaron de circulación por insurgente compulsivo.

La adolescente, volvió a su vida de siempre y no se casó con el prometido, parece que se dedicó a…. esperarle, a seguir siendo: ojos de perro azul.

 

Los compartimientos son estancos, cada meza para sus exclusivos parroquianos, tal sitio para tal habitue: los borrachones crónicos, los marineros, los punkis de negro como cuervos, sus chavalas de faldas cortisimas como embarradas a las caderas, los gay simpáticos, al saludo de “darling”, agradecen con una caida de ojos,  un leve meneito del culete y un lánguido halooo?.

Pero, lo realmente único e interesante del Cas d´ Barrer, quizá su razón de ser, es esa peculiar fauna de gentes exéntricas, esas ”rarus avis” de otros tiempos análogos a poetas, novelistas, pintores, músicos, historiadores, eruditos del todo y para el todo, los elegidos de Atenea o Minerva, discipulos de Séneca, Plutarco, Tito Livio o Virgilio. Sobre todo cuando estan dipsómanos.

Llaman la atención por la originalidad en el atuendo, lo culto en el lenguaje, lo refinado en el trato, estan rodeados de un aurea mística de soledad y certeza.

No son clientes de meza, son parroquianos de la barra degustadores del soliloquio, el mero hecho de hablar a solas consigo mismo, y que por lo mismo deben ser respetados por ser el encuentro íntimo de un ser atormentado exorcizando los demonios de su pasado.

Esos actos solitarios, únicos y privados, como escribir verso a verso el epitafio de su tumba solo en noches de plenilunio, tanto así que dan clase, estilo y abolengo a esas vigas toscas y sin apenas cepillar del bohemio bar de marras.

 

El escritor primerizo, tambien en su compartimiento solitario, rebovina las vueltas de la vida. Despues de casi una década de ausencia encontrará a la ex adolescente convertida en una exuberante mujer, guapa por los cuatro costados, macanuda como antes.

Empapada de los recuerdos del pasado, y como aquella vez, tambien comprometida, con anillo de novia y fecha de boda.

-Escrito estaba-. Diría la vidente del futuro. La ex adolescente, se olvidó del novio, se dejó encantar por los cantares del recien llegado, y nuevamente se sumergieron en una vorágine de amores adúlteros, como serían los del Rey Urios con Betzabé.

Esta vez la aventura acabó en matrimonio, por la fuerza de las urgencias convencionales, y por lo mismo terminó adruptamente hasta nunca jamás.

 

The blondy lover –el amor querido-. Se sentó una tarde de gris otoño y lluvia racheada azotadora del ventanal, en su meza de cronista, con una copa de martini en la mano, sin pedir permiso, como quien lo hace sin darce cuenta, o mejor, ser la invitada de la víspera.

Era rubia con exageración, casi albina, los ojos los tenía celeste eléctricos como de vidrio, se le notaba una abundante y fina peluza rubia, como de recién nacida, sobre los labios rojos, turgentes, entregados.

Tenía el cuerpo bien conservado de mujer que cuida la dieta y ama la gimnasia, era bella sin más, belleza reposada y trascendente.

-The lonely–dijo-. Ness is the reason of me life-. Enviando un beso invisible y perfumado por sobre el bouquet del martini.

Andando el tiempo, se daría cuenta que era eso lo que compartian con tanta pasión y generosidad: la soledad. Hasta en los momentos más intensos del amor, y los “after”, bebiendose chupitos de oporto y colocandose con porros.

Empezó trayendole recortes de prensa sobre los dimes y diretes de su continente perdido, y se interezó con sospechosa curiosidad sobre las historias tristes del mamotreto.

Luego, a las tantas de la madrugada, salian con los últimos parroquianos del bar y subian al estudio a amarce con pasión mesurada, con acoples sosegados, sin premuras, les bastaba con llenar sus soledades juntando sus amartelos.

En las pausas necesarias del acto, la blondy lover, el amor querido, le narraba historias de chavalas de su época, cuando era de los más normalito, perder el virgo en el lavabo de un bar, la bolsa de dormir en un camping playero, o las trincheras estudiantiles del mayo parisino.

-Voila!- respondia el aprendiz-. J´ apprends avec un vif plaisir que vous obteneu de l´république !.

 

Uh la la Paris!…… el del 74, cuando se movía por la Ciudad Luz guiandosé por las constelaciones de la noche parisina: Que si la Osa Mayor-Montmartre?, Las Tres Marias-L´Pigalle?, La Cruz del Sur-L´Bastille?, La de Orión-Saint Germain Des Pres?.

Llegó huyendo del frio país de los fiordos congelados, los rostros impenetrables, las miradas  vitriólicas que destilaban odio.

Paris del 74 todavía era una fiesta, decir: “soy Latinoamericano”, suponía ser superviviente, combatiente, luchador libertario, heroe aceptado y admirado.

El anónimo estudiante encandilado por Paris, solicitó quedarce a vivir en Francia como residente, más no fue posible, tenía residencia en un otro país y ahí debía cumplir su condena de exilio, en el paraiso del hielo.

Que las dictaduras, no dictan exilios dorados, no señor!, las dictaduras dictan castigo, escarmiento, penalidades, así que a joderse se dijo y por la friolera de más de cuatro décadas.

La historia del amor querido tuvo su heligeo, su apogeo y su perigeo llenando uno de los vacios más amargos de la crisis que padeció el escritor primerizo; por causa de los demonios de las furcias del pasado, dejandole un sabor amargo de batallas perdidas.

 

-Mi hijo era un valiente, se batía solito con sus dos mujeres-.

Le dijeron que dejó dicho su padre en su lecho de muerte, y ya con los delirios de la extremaunción, en un último arranque de su orgullo machista pensando en su primogénito ausente.

Ante el asombro de sus medios hermanos y la madrastra, que aguardaban agazapados como gallinazos su expiración final para carroñear sus despojos.

-Sus dos mujeres-. Suspiró el escritor primerizo, contemplando la calle grande desolada y marchita a esa hora del día. Si solo hubiera intuido “el Viejo” las lindezas que le hicieron, seguro que obituaba por partida doble; por la historia increible y triste de la una y sus maldades de “abuela desalmada”, y la otra por su furia de auténtica “Eréndira”. Una parodia de su tragedia macondiana.

 

Por lo demás, él seguirá con esa manía de escribir en otros bares bohemios, solitarios y canallas de la Europa del sur, la Europa católica, la de las luzes. Con esa tenazidad compulsiva, que no tiene nada de parecido a una costumbre tautológica o definición reiterativa de tiempo pasado; sino, al contrario, es una reflexión de sus errores, un reconocimiento de ellos, una autocrítica honrada. Purgar el delito de haber matado al amor, y haber creido que valía la pena luchar por quienes se deleitan en retroceder a estadios troglodíticos, mutantes de lo nativo a simples memezes categorizables, los imprescindibles de Brecht.

 

Finalmente, el bar canalla Cas d´ Barrer no pudo huir a la pátina y la lepra del tiempo, cambió de dueño y de imagen, sus etílicos parroquianos se fueron muriendo de a poco, para quedar sus crónicas como la leyenda del exilio en el exilio.

 

”Soñar con volver a casa tras haber sido obligado a estar lejos, mucho tiempo”.

Roberto Saviano   Razón para vivir.

 

Lectores de APATRIDIA

Ya para despedirnos, enviamos saludos desde la terraza Nery. Espinho se llama el balneario.

Oteamos con misantrópica serenidad el bamboleo de las olas, a veces tranquilas y otras furiosas, pletóricas de espuma blanca con fragancia de algas y sales marinas, desde este atardecer atlántico. –Velha Tendinha FM-.

Confesamos que estamos con los reflejos mermados y los tiempos exactamente cronometrados, tras la pista de la inspiración. Y cuando no?… lo reconocemos, tras la figura apasionada de unas caderas de mujer –Meu Amor Marinheiro LG-. Lo que nos motiva a encontrar esa inspiración que tanto necesitamos.

Ya una vez pasados los 60, no nos esta permitido equivocarnos más en asuntos tan serios y definitivos como el amor. Ahora si tenemos que ir sobre seguro, para recorrer con desencia y productividad el último tramo que nos queda por caminar en la vida.

 

”Se que es inutil” dijo. ”Pero lo voy a hacer solo para probarle a Dios que soy un hombre terco”.  Gabriel Garcia Marquez   La mala hora  1982

 

Ciudadanos: Por la memoria de nuestros mayores, vamos a por la República  !.

 

Que seais felizes sin propasaros !

Espinho  –  Porto  Goia    Abril  2012

 

RICARDO  RAÚL  CAUTHIN  ARAMAYO-FLOREZ

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